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01/11/2019

Las democracias no mueren, en esta época, aplastadas por la fuerza militar. Se derrumban frente al manejo emocional de las masas. Esto es posible cuando esas masas no cuentan con una forma de interpretar la realidad. Nada que les permita dar sentido a lo que ocurre y, sobre todo, encontrar en ese modelo del mundo un espacio para ellos. Al sentirse excluidos, son presa fácil de las promesas de líderes irresponsables, inescrupulosos, que, con tal de tener el poder, son capaces de cualquier cosa.

El momento actual, en el mundo entero, es el declive de las democracias. Más claramente, de la democracia liberal, el modelo bajo el cual durante los últimos cincuenta años logramos la mayor libertad y el mayor bienestar de la mayor cantidad de seres humanos en toda la historia de esta especie. No pienso discutir detalles, basta con que busquen datos, sea en ourworldindata, polity IV, o aprovechando el gran texto que acaba de publicar Andrew McAfee, More from Less.

A pesar del gran avance reciente, o en parte por ello, lo que vivimos es un momento de recesión democrática, que por obligación implica el avance del autoritarismo. Sin embargo, se le ha dado en llamar a este momento el de las “democracias iliberales”, que es un eufemismo que intenta esconder la mano negra. Nada raro en el mundo del doublespeak.

La democracia liberal, el sistema político exitoso por cuarenta años hasta 2011, consiste en que podemos votar, elegir entre opciones que compiten en igualdad de circunstancias, obtener información de fuentes independientes y confiables, y ejercer amplios derechos políticos, especialmente de opinión y reunión.

La “democracia iliberal”, definida por Victor Orbán y popularizada por Fareed Zakaria, consiste en votar, pero nada más: no hay opciones que compiten en igualdad de circunstancias, ni información de fuentes independientes y confiables (lo que hay es “fake news”), ni existen derechos amplios.

No sé si lo había percibido, pero eso tenemos en México desde la arbitraria consulta del aeropuerto, hace un año y una semana. Se puede votar y eso es todo.

Para que no haya duda: Las opciones se reducen no sólo debido al control total del Congreso y la Suprema Corte de Justicia, sino con la contracción del financiamiento de partidos. Sólo Morena podrá tener recursos, extraídos del erario, como lo hizo el PRI por décadas. Los demás, sin dinero suficiente, competirán, pero en desventaja.

No hay información independiente, especialmente porque se compite con una maquinaria dedicada a inventar una realidad alternativa, ésa que tiene otros datos. Al respecto, es de la mayor importancia reconocer que la conferencia de prensa matutina del Presidente, conocida como la “mañanera”, tiene como objetivo fundamental eliminar el derecho de la población a tener una opinión. Habrá quien lo dude, pero me parece que la evidencia es contundente.

La mañanera tiene como objetivo elevar una opinión por encima de todas las demás. Nadie puede construir su propio criterio cuando el Presidente ha expresado el suyo. Lo ha hecho durante dos o tres horas, en todos los medios de comunicación. Si alguien tiene una versión diferente, y tiene alguna importancia, al día siguiente será desacreditado por el Presidente, en ese mismo evento.

No tenga duda alguna: hoy en México el derecho a opinar se ha reducido de forma significativa, se ha obstaculizado a las fuentes de información independientes y confiables, y estamos a punto de ver cómo se elimina la competencia de opciones en igualdad de circunstancias.

Impedirlo implica no sólo votar, sino que los medios dejen de transmitir la mañanera, que dejemos de confiar en la palabra presidencial, y que repliquemos en todo lugar lo que los reporteros han hecho los últimos dos días: obligar al poder a rendirse frente a la verdad. Sin ello, la democracia habrá llegado a su fin.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.