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23/03/2020
Actualización 23/03/2020 - 9:39

Como usted sabe, hubo gobiernos que actuaron lento frente a la pandemia. Mientras los países asiáticos cercanos a China reaccionaron de inmediato, limitando vuelos y la movilidad de sus habitantes, en Europa esa decisión se pospuso. A primera vista, parece haber relación entre la forma de gobierno y la velocidad (y tipo) de respuesta.

Gobiernos totalitarios, como el chino, no dudaron en cuarentenar millones de personas de un día para otro, limitando el contagio a la provincia de Hubei, haciendo uso de tecnologías de vigilancia que en las democracias son impensables, como bien describen Yuval Harari, en el FT, y Byung-Chul Han, en El País, en días recientes.

Las democracias asiáticas, que no son iguales a las occidentales, y me atrevo a calificar como 'democracias conservadoras', actuaron diferente. Corea del Sur, Taiwan, Japón, limitaron vuelos, promovieron distanciamiento y repartieron mascarillas.

Las democracias liberales, cada vez más escasas (Francia, Alemania, Suiza, los escandinavos), han tratado de administrar el proceso, incorporando casi desde el principio medidas económicas para aminorar el golpe.

Finalmente, tenemos los populismos, ahora llamados 'democracias iliberales', en donde los líderes menospreciaron el problema y pospusieron todo tipo de medidas, desde sanitarias hasta económicas: Italia, España, Estados Unidos, Brasil, México.

En este momento, los países del primer grupo parecen estar ya fuera de la pandemia; los del segundo la han controlado; los del tercero y cuarto están en medio de ella. En China, el impacto económico se estima que fue de 20 por ciento del PIB, y su recuperación no puede ser completa debido a que sus clientes (el resto del mundo) está ahora detenido. No tenemos información de otros países asiáticos, más allá de saber que se han interrumpido cadenas globales de producción.

En Europa, el golpe económico será mucho más duro, porque la cuarentena implica prácticamente detener el sector servicios, que representa tres cuartas partes de la economía. Después de dos semanas, no ha parado de crecer el número de casos, y esto hace pensar que faltan aún algunas semanas más, todas ellas con una economía casi detenida. Contracciones de 20 o 30 por ciento del PIB para estos meses no es nada descabellado.

Aquí es en donde puede diferenciarse a las democracias liberales de los populismos. En las primeras, los gobiernos han anunciado acciones para aminorar el golpe: el gobierno asume parte de los salarios, cancela cobro de impuestos y contribuciones de seguridad social, pospone pagos de intereses o alquileres, se hace cargo de facturas de energía y agua. Eso implica incrementar la deuda del gobierno, pero tienen margen para ello. Ya se verá después cómo cubrirla.

En los populismos, los líderes que menospreciaron la amenaza ahora dicen haber sido los primeros en identificarla. Sus equipos, construidos bajo el desprecio al conocimiento, no tienen idea de qué hacer, ni cómo hacerlo. Por tanto, recurren a lo que conocen: la demagogia, la búsqueda de culpables, el control de información. Eso no va a impedir el contagio ni el golpe económico, pero sí puede potenciar la polarización social.

Esto es cierto para España, Italia o Estados Unidos, pero también para México y Brasil. Mientras los primeros tienen margen para endeudarse y con ello aguantar parte del golpe, los segundos no lo tenemos. Conforme la situación económica se complique, y sea evidente la incompetencia del gobierno, la sociedad tomará dinámicas caóticas.

Es imposible hacer estimaciones del comportamiento de las economías con alguna confianza. Menos aún se puede semblantear lo que ocurrirá socialmente. De lo que podemos estar seguros es de que el nivel de riesgo que tenemos hoy no lo habíamos visto en muchas décadas. Es de ocurrencia secular.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.