Error de buena fe
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Error de buena fe

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Error de buena fe

10/07/2019
Actualización 10/07/2019 - 11:46

Como usted sabe, renunció Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda. Es una renuncia de mucho peso, diferente a otras que han ocurrido en meses previos. Tradicionalmente, el responsable de esta secretaría es uno de los más importantes funcionarios, a veces compartiendo ese nivel con el encargado de Gobernación (no en este gobierno).

Es tal su relevancia, que pocas veces hay sustitución en la secretaría durante un sexenio. En tiempos recientes, los secretarios han salido para hacerse cargo del Banco de México, o buscar la presidencia. En los últimos treinta años, sólo dos secretarios han tenido que salir por otra circunstancia: Jaime Serra para asumir el costo del 'error de diciembre' y Luis Videgaray después de la infausta invitación a Trump. Silva Herzog, en 1986, es damnificado de la carrera presidencial, aunque no haya sido él mismo candidato.

De forma que la renuncia de Carlos Urzúa debe entenderse en la lógica de la excepcionalidad. Para que no haya duda, su carta lo explica. Se va porque “se han tomado decisiones de política pública sin el suficiente sustento” y porque le “resultó inaceptable la imposición de funcionarios que no tienen conocimiento de la Hacienda Pública”. No lo dice así pero, en palabras de esta columna, es un gobierno de ocurrencias e incompetentes.

El inhumano esfuerzo que realizó Urzúa para evitar que las decisiones del presidente destruyeran la economía ha terminado. Aceptar un daño patrimonial de decenas de miles de millones de dólares cancelando el aeropuerto; hundir una cantidad cercana para salvar a una empresa quebrada y sin futuro, como lo es Pemex, y además financiar una obra faraónica y absurda en Dos Bocas; destruir la vida de decenas de miles de funcionarios públicos, que han visto reducidos sus ingresos y prestaciones, o de plano han sido expulsados; comprometer el abasto de material educativo y sobre todo de salud. Todo eso se hizo por ocurrencias e incompetencia, confirmamos ahora. Y la lealtad y el sacrificio tienen un límite.

Urzúa, me parece, cometió el error de creer que podría influir en las decisiones de López Obrador. Como otros, compró la imagen de pragmatismo que el presidente supo vender tanto en su tiempo como jefe de Gobierno del DF, como en esta última campaña presidencial. Ahora debería ser absolutamente claro que López Obrador no tiene un gramo de pragmatismo, es un animal de poder al ciento por ciento. Su meta, como esta columna ha intentado transmitir desde hace mucho, es concentrar en su persona todo el poder posible. Para eso finge preocuparse por los pobres, respetar los espacios privados, o hasta promover inversión. Pero lo único que le importa es tener todo el poder.

En materia económica, las cosas deben empeorar. Por un lado, la confianza necesaria para recuperar la inversión privada es ahora mucho más escasa; por otro, es probable que la pérdida del grado de inversión de México sea mucho más pronto de lo esperado. El crecimiento cero del que hablábamos ayer está ahora garantizado, en el mejor de los casos.

En cuestión política, a partir de ahora López Obrador ya no tiene que fingir nada, porque ya no será creíble. En consecuencia, se radicalizará, y eso nos permitirá saber si la dirección que busca es el regreso a los setenta o es la ruta bolivariana. Sin duda una es peor que la otra.

Personalmente, deploro lo ocurrido. Urzúa y yo fuimos grandes amigos, hasta su acercamiento a López Obrador, hace veinte años, que fue enfriando la relación. Sin duda le doy la bienvenida de regreso a la academia. Espero que la cordura que ha mostrado se disemine entre tanto compañero de viaje que cometió el mismo error de buena fe: creer en un desalmado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.