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19/03/2020
Actualización 19/03/2020 - 11:12

El martes por la noche se llevó a cabo una reunión del gabinete presidencial. No hubo declaraciones a su término, ni nada en la mañanera del día siguiente que pareciera tener relación con ella. El Presidente, sin considerar en absoluto la emergencia internacional por la pandemia, ni el desastre financiero y económico que está en proceso, se puso a hablar de Santa Lucía, apeló a la seguridad que le da una estampita religiosa que guarda en su cartera, y salió rumbo al evento de celebración de la Expropiación Petrolera, en el que no hubo referencia alguna al desastre que se vive en ese mercado.

En pocas palabras, el Presidente sufre de negación de la realidad. Ignoro si es un fenómeno sicológico o estrategia política, pero el resultado es el mismo: el país no está reaccionando a una tragedia que ya ha provocado el cierre prácticamente total de la vida social en Italia, España, Reino Unido, Francia y Alemania. Estados Unidos mismo, donde el Presidente intentó por varios días minusvalorar el tema, está ahora bajo presión.

La caída en los mercados bursátiles no tiene precedente. Ni siquiera durante la Gran Depresión de 1929 se alcanzó una velocidad como la actual. En ese entonces, durante el primer mes de contracción, la caída bursátil fue de apenas 8 por ciento, y un mes después llegó a 45 por ciento. Ahora, en el primer mes, se ha perdido más de 30 por ciento del valor de los índices. Lo que siguió en aquella ocasión, tres años de errores que borraron el 90 por ciento del valor, no debería volver a ocurrir hoy, pero el primer golpe ha sido mucho más fuerte.

Todas las ganancias bursátiles del gobierno de Trump desaparecieron, y el menosprecio que tuvo por la pandemia en los primeros momentos hoy lo coloca como lo que es, un irresponsable incapaz de ser líder en el momento en que su país lo necesita.

Exactamente lo mismo ocurre en México, pero nosotros aún no hemos siquiera tomado las medidas que Trump, a regañadientes, ha tenido que impulsar. No hay emergencia nacional ni cierre de aeropuertos, fronteras, o siquiera instrucciones claras de distanciamiento social. Mucho menos se ha ofrecido algún programa económico dirigido a aminorar el daño para millones de mexicanos.

Ya se anunció el cierre de producción de automotrices europeas y estadounidenses, y JPMorgan estima una contracción del PIB estadounidense de -4 por ciento en este trimestre, y -14 por ciento en el próximo, superando por mucho lo que hace apenas dos días pronosticábamos para México. Esta agencia espera una recuperación acelerada, pero aun así habría una contracción en el vecino país de -1.5 por ciento para este año.

En el mercado petrolero, la mezcla mexicana cerró el martes en 18 dólares, y ayer miércoles en 10 por barril. En México, el costo promedio de extracción de crudo es de 13 dólares, y el mejor caso, KMZ, ligeramente superior a 10. Esto significa que, en promedio, perdemos un par de dólares por cada barril producido, aún antes de considerar costos de transportación, administrativos, financieros, etcétera. Pero ayer festejaron la Expropiación y reiteraron su intención de “salvar a Pemex”. Una vez más, el tema de proyectos energéticos se quedó pendiente.

López Obrador sigue siendo el líder populista capaz de apelar a los sentimientos más profundos, es decir, más rupestres, de los mexicanos. Su decisión de continuar en campaña, en lugar de gobernar, nos coloca en una situación muy seria. Como Trump, no aceptará responsabilidad por nada de lo que ocurra, e intentará culpar de todo a sus adversarios, alimentando una dinámica de odio y enfrentamiento que, en una emergencia sanitaria y económica, puede convertirse en una verdadera tragedia. Estamos en problemas.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.