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26/10/2018

Ayer inició la consulta acerca del aeropuerto, a pesar de la inmensa cantidad de defectos que la hacen, en los hechos, antidemocrática. Es una cruel paradoja que hayamos invertido tanto esfuerzo y recursos en México para construir el sistema electoral más seguro del mundo, del que López Obrador se quejó en varias ocasiones, para terminar realizando este experimento: sin padrón, sin salvaguardas, sin protección de datos personales, en el que no se evita el voto múltiple, sin información suficiente, con redacción tendenciosa, controlado por militantes de un partido, sin ciudadanía, sin conteo independiente. Vaya, sin un elemento democrático a la vista.

Ya comentamos que esta consulta puede ser el inicio de la democracia iliberal como la que ya existe en Hungría o Turquía, y que avanza en Estados Unidos y en varios países de Europa Occidental. Ayer se confirmó, sin lugar a dudas. Promoción de voto en algunos lugares, voto múltiple en otras, decisiones sin información suficiente en todas partes.

Destruir el valor de las elecciones no es poca cosa. Insisto en todo lo que costó nuestro sistema electoral: padrón confiable, credencial con fotografía, vigilancia constante, control ciudadano, encuestas y conteos. Nada de eso le bastaba al demagogo, que insistía siempre en ser víctima de fraude. Pues ahora, incluso antes de iniciar su mandato, produce esta burla.

Me preocupa, porque como ayer comentamos, no está exento el próximo gobierno de resultar un fracaso. No es nada fácil gobernar, nunca lo ha sido, pero ahora es todavía más complicado. Incluso hace un par de décadas se publicó un libro de Yehezkel Dror titulado La capacidad de gobernar, en el que analizaba las dificultades que los gobiernos mostraban en todo el mundo, en un entorno cada vez más complicado. Hoy es peor, sin duda, e incluso los líderes más capaces están enfrentando situaciones muy difíciles. En nuestro caso, un líder poco interesado en políticas públicas, con un equipo inexperto, que quiere resolver todo al mismo tiempo, tiene grandes posibilidades de fallar.

Y ayer nos preguntábamos, ¿cómo se podría procesar el desencanto de la población? No contamos con partidos de oposición ni con un partido en el gobierno; no hay coherencia en las necesidades de distintas partes del país; no habría unidad, porque el gran ganador de las elecciones, el receptor de las esperanzas, habría fracasado. En ese tipo de desorden político es en el que surgen líderes inesperados, y casi siempre peligrosos.

Es el caso de la elección de Brasil, que ocurrirá este domingo. El centro de la esperanza popular en ese país, hace 15 años, Luiz Inácio Lula da Silva, se convirtió en un fracaso. A pesar de las grandes expectativas en su primera presidencia, su segundo periodo de gobierno no fue bueno, su sucesora fue pésima y su partido (y varios más) son ahora grupos de indiciados por corrupción, que le han abierto el espacio a un demagogo racista y misógino, que avanza prometiendo mano dura, violencia, castigo. Según las encuestas, ganará la presidencia en el país más grande de América Latina, que hoy no es ya la promesa de desarrollo que fue hace pocos años.

Las grandes virtudes de López Obrador como líder político no son muy útiles para su nuevo encargo. Podría compensar, si contara con un equipo calificado, pero no es así, a pesar de las dos o tres excepciones. La inexistencia de una estructura política es un problema adicional. Ayer le decía que debemos preparar mecanismos de solución en caso de un fracaso. Reitero mi propuesta y le pido que voltee a ver Brasil a partir del domingo. No es un momento fácil en el mundo, ni en México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.