El poder de los cuentos
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El poder de los cuentos

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El poder de los cuentos

23/11/2018
Actualización 23/11/2018 - 11:19

El poder tiene tres fuentes. Puede provenir de la fuerza (poder coercitivo), de los recursos (poder económico), o de la autoridad (poder persuasivo). Aunque las dos primeras parecen más evidentes, en realidad es la tercera la que es importante. Lograr que alguien haga algo que no iba a hacer, simplemente porque cree que quien se lo ordena tiene autoridad sobre él, no tiene precio. En cambio, lograrlo a golpes o pagando tiene un precio, y muy elevado.

Por lo mismo, un gobierno no puede durar mucho si no logra convencer a la población de su derecho a serlo. Para ello, se construyen cuentos con los cuales lograr ese convencimiento. Si se logra que esos cuentos funcionen por unas décadas, cambian de nombre y se llaman ‘historia nacional’.

Muchos dicen que los ganadores escriben la historia, pero no es exactamente así, sino al revés: quien escribe la historia es quien resulta ganador. Se pueden perder las batallas, pero ganar las mentes y con eso alcanza. Al menos en lo que otros cuentos los reemplazan. Nuestra historia es así: Cuauhtémoc, Hidalgo, Morelos, Villa y Zapata fueron derrotados en toda la línea, pero acabaron siendo ganadores: son los héroes nacionales gracias a una historia que los fue necesitando para cimentar legitimidad en diversos momentos. Para culpar a España, Cuauhtémoc; para denostar conservadores, Hidalgo y Morelos; para fundar el nacionalismo revolucionario, Villa y Zapata.

Cito a Josefina Zoraida Vázquez: “La Revolución decide tomar el control de la educación con ese mismo fin: asegurarse la lealtad de los mexicanos ‘habría de ser Calles, quien el 20 de julio (de 1934), con su famoso ‘Grito de Guadalajara’, diera verdaderamente la tónica. En aquella ocasión dijo el ‘Jefe Máximo’: La Revolución no ha terminado... Es necesario que entremos en un nuevo periodo, que yo llamaría el periodo revolucionario psicológico: debemos entrar y apoderarnos de las conciencias de la niñez, de las conciencias de la juventud, porque son y deben pertenecer a la Revolución... porque el niño y el joven pertenecen a la comunidad... (y la Revolución debe) desterrar los prejuicios y formar la nueva alma nacional.” (Nacionalismo y Educación en México, 1975, p. 173)

Vaya que tuvieron éxito. Los niños mexicanos aprendieron que la Revolución había sido determinante para transformar al país, y eso se lo debían a un puñado de héroes desinteresados, que habían muerto por la patria. La transformación del país fue un fracaso y esos héroes ni fueron desinteresados ni murieron en sacrificio, sino asesinados por otros miembros del club. No importa, como dice el nuevo clásico, son las convicciones lo que vale.

Décadas de adoctrinamiento han construido un campo fértil para las creencias colectivistas y caudillistas, que ha sido el sustento del triunfo de AMLO. No olvide que en momentos de miedo, nos regresamos a esas emociones y sentimientos profundos aprendidos desde niños. Fue ésta la gran falla de esta última etapa de modernización, dejar de lado la construcción de nuevos cuentos.

En el nuevo régimen, esto no va a ocurrir. Conocen de sobra la importancia de los cuentos. Los viejos han vivido de ellos por décadas; los jóvenes viven en ellos. De inmediato trabajarán en el adoctrinamiento de la mayor cantidad posible de personas: los jóvenes receptores de subsidios serán mercado prioritario; las escuelas de Morena, el Fondo de Cultura Económica, el Consejo de Memoria, los medios públicos controlados, serán algunos de sus instrumentos.

Tienen también la ventaja de que su cuento es mucho más fácil de aceptar: no por nada fue el núcleo de creencias en el medievo europeo, se trasladó acá con los Habsburgo y fue recuperado por Cárdenas. Ah, tal vez a esa cuarta transformación se refieran.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.