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El otro 40%

17/10/2018
Actualización 17/10/2018 - 12:07

Ayer comentamos con usted el muy reciente libro Blueprint, de Robert Plomin. Le decíamos que es una revisión muy profunda de lo que sabemos acerca de la herencia y el comportamiento de las personas, escrito por uno de los actores en ese proceso científico por cerca de medio siglo. Su conclusión más importante, con base en los abundantes estudios al respecto, es que la mitad de nuestro comportamiento es heredado. En el caso del desempeño educativo, el efecto es del 60 por ciento. El resto, el 40 por ciento que falta, se divide a la mitad entre eventos azarosos y mecanismos diseñados, es decir, educación.

En el caso de las disciplinas que mide la prueba PISA, Plomin afirma que la heredabilidad asciende al 70 por ciento, dejando poco para el impacto educativo. Esto podría llevarnos a una conclusión difícil: PISA indica que los países asiáticos tienen los mejores resultados, seguidos por Europa y sus brotes (Canadá, Estados Unidos, Australia, Nueva Zelanda, Israel), y nos dejan a los latinoamericanos en el fondo. Coincide con lo que Murray y Herrnstein publicaron hace un cuarto de siglo en The Bell Curve: en Estados Unidos, los grupos reportan diferente “inteligencia”, empezando por asiáticos, luego blancos, hispánicos y afroamericanos.

Cuando se publicó el libro de Murray y Herrnstein, ayer le comentaba, fueron acusados de racistas, y ya. Pero los datos que publicaron no eran incorrectos. Lo mismo es posible que ocurra ahora con Plomin. Pero si los datos, la evidencia, apunta en esa dirección, necesitamos entender qué es lo que eso significa.

Y me parece que lo relevante está en el 40 por ciento restante. Aunque buena parte de nuestro comportamiento esté inscrito en nuestros genes, no está ahí todo. Tenemos evidencia anecdótica todos: personas que han tenido éxito a pesar de sus escasos recursos mentales, y personas que podrían haber tenido un mejor desempeño con un poco más de oportunidad. Bueno, pues eso es el 40 por ciento restante.

Plomin se usa a sí mismo como ejemplo. No sólo de su perfil genético, sino de su historia. Nació en una familia de bajos ingresos, y se convirtió en lector ávido, a pesar de que nadie más en su familia leía. Fue el primero de ellos en asistir a la universidad. Pudo hacerlo precisamente porque ese 20 por ciento azaroso nació en un país con las condiciones para desarrollar ese 50 o 60 por ciento que sus genes le permitían.

Y es que la diferencia en inteligencia no es tan importante como muchos creen. Entre hermanos, la diferencia promedio es de 13 puntos; entre dos personas al azar, es de 17 puntos (pág. 72). Esto significa que por mucha diferencia que haya entre grupos, sea por origen étnico, lugar de nacimiento, o lo que sea, apenas podría uno darse cuenta, si no fuera por la medición. De forma que si yo encuentro una distancia mayor a 4 por ciento en desempeño académico, no puedo sino considerar que el 40 por ciento restante está jugando de alguna manera. Dos poblaciones con prácticamente el mismo nivel de inteligencia, acaban teniendo resultados muy distintos porque en una de ellas hay oportunidades (efectos azarosos) y un sistema educativo eficiente (mecanismo diseñado).

Plomin encuentra que, en Reino Unido, las escuelas selectivas reportan mejor desempeño entre sus estudiantes. Pero no porque ahí aprendan más, sino por la selección que hacen de sus estudiantes. No dudo que esto mismo ocurra en Estados Unidos, en donde los posgrados están llenos de estudiantes de todo el mundo, que pasan una selección muy dura. No ocurre lo mismo con sus programas de licenciatura, ni en su educación básica. Y se nota la diferencia.

Son los genes, sin duda, pero también las oportunidades y los sistemas. Y ahí sí podemos hacer mucho.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.