El miedo
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El miedo

03/01/2019
Actualización 03/01/2019 - 8:49

Ayer comentábamos que el fenómeno del populismo (o democracia iliberal) creciente tiene causas que no hemos podido establecer con certeza. Sin pretender una respuesta contundente, todo indica que el elemento relevante detrás de las transformaciones políticas es un sentimiento: el miedo. Miedo que, dice Nussbaum, puede aparecer en forma de ira, asco o envidia. Miedo que reduce nuestra capacidad analítica y potencia la dependencia del mito. Miedo que, por lo mismo, anula la confianza en los otros (base de la democracia) y la concentra en el salvador (sustento del populismo).

Tampoco puedo asegurarle de dónde proviene el miedo, pero todo indica que es resultado de la ruptura de lo que creíamos que funcionaba. Es esa disonancia cognitiva que en otras ocasiones hemos comentado: nuestra explicación del mundo se vino abajo. Sin esa referencia, no podemos entender lo que ocurre. Y nos da miedo. Terror.

No es la primera vez que ocurre, claro, pero en cada ocasión en que nuestros esquemas han caído, hemos tardado mucho en volver a construirlos. Y en ese tiempo, nuestros miedos, iras, ascos y envidias nos han llevado a cometer todo tipo de injusticias y crímenes.

Nos pasó hace poco más de cien años, cuando el mundo de la Bella Época dejó de tener sentido, y el miedo se transformó en la búsqueda de soluciones totalitarias, fuesen comunismo, nacionalismo o fascismo. Nos ocurrió antes, siglo y medio antes, y acabamos entregados al terror. Y hace quinientos años, cuando el mundo cristiano se vino abajo, el miedo se convirtió en una fe abrasiva, destructora, que llevó a la mayor mortandad jamás registrada.

Aunque la mayoría de los estudiosos de la sociedad siguen pensando que es la economía, la forma de producción, lo que determina a los grupos humanos, lo que hoy vivimos es muestra fehaciente de que hay algo todavía más importante que eso: el tramado de cuentos que le da sentido a la vida. Cuando estos cuentos se vienen abajo, sobreviene el terror, el pánico, la angustia de vivir en un mundo que no tiene explicación.

La Gran Recesión de 2008 fue el fin de nuestras explicaciones más recientes. Lo que creíamos dejó de ser funcional. Por eso revivieron ideas marxistas, que no duraron mucho, y han crecido las explicaciones posmodernistas, mucho más exitosas. Unas y otras no permiten construir una narrativa incluyente (a pesar de sus promesas), de forma que el miedo no se atenúa, sino al contrario. Por eso mismo buscamos la salvación a través de los hombres fuertes. Por eso abrazamos creencias (cuasi) religiosas. Eso es lo que está detrás de Narendra Modi (hinduismo), Recep Tayipp Erdogan (islam), Donald Trump y Jair Bolsonaro (evangélicos), y en versiones menos trascendentales: Vladimir Putin, Xi Jinping, Andrés Manuel.

Bajo la influencia del miedo, no se quiere pensar. Por eso el 40 por ciento que sostiene a Trump no cambia de opinión, a pesar de toda la evidencia que indica que éste no es sólo incompetente, sino un rufián.

Lo mismo ocurre con todos los líderes mencionados, en mayor o menor medida. Los grupos que los llevaron al poder no cambiarán de forma de pensar, sin importar la evidencia y la discusión racional. Es su miedo y son sus creencias.

En las ocasiones anteriores en que el mundo ha vivido bajo el miedo, han transcurrido generaciones enteras para cambiar. Millones de muertos han pavimentado el regreso a la racionalidad: Guerra de los Treinta Años, de los Siete Años, Revoluciones, Guerras Mundiales, de Liberación Nacional.

Dice George Friedman que ahora podemos esperar que esto ocurra sin derramamiento de sangre. Ojalá tenga razón. Pero de que tardaremos una generación, no tengo duda.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.