El matón y los principios
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El matón y los principios

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El matón y los principios

20/12/2019
Actualización 20/12/2019 - 12:59

Después de un largo día de deliberación, la Cámara de Representantes ha decidido acusar formalmente a Donald J. Trump de crímenes suficientes como para ser removido de su cargo como presidente de Estados Unidos. Los cargos en su contra son corrupción y abuso de poder, por intentar forzar a Ucrania a ayudarlo a descarrilar la campaña de Joe Biden rumbo a 2020, así como obstrucción de justicia por no colaborar con la investigación.

De ambos cargos es evidentemente culpable. Es decir, hay evidencia abundante de cómo decidió detener recursos que el Congreso estadounidense había destinado al gobierno de Ucrania, exigiendo a cambio información que comprometiera al hijo de Biden, que muy probablemente estaba cobrando en ese país sin merecerlo. Pero eso no le permite a Trump abusar de su puesto para conseguir información destinada a favorecer su reelección.

La evidencia de esta acción existe en correos electrónicos, llamadas telefónicas, declaraciones de funcionarios de ambos países, pero parte de ello no pudo utilizarse porque Trump bloqueó todo lo posible el acceso de la Cámara de Representantes a las pruebas. Es decir, efectivamente obstruyó el proceso de aplicación de la ley.

Muchos colegas, que entienden bien de política, han sostenido que los demócratas no deberían haber iniciado este juicio, porque servirá para consolidar la relación de Trump con su base de votantes y puede resultar en su reelección. Algunos creemos que hay principios de la democracia que importan más que una elección, y permitir que alguien como Trump esté por encima de la ley, puede terminar con el sistema político estadounidense. En este segundo grupo está Nancy Pelosi, la muy capaz y experimentada líder de la Cámara de Representantes, que finalmente se decidió por impulsar el juicio, apostando a que el impacto electoral no sea demasiado grande. Lo refrendó en su participación el miércoles: nadie puede estar por encima de la ley.

Como hemos comentado desde hace tiempo, el momento en que vivimos los seres humanos no favorece la democracia liberal, sino el liderazgo populista. Esto juega a favor de quienes creían que no debía haberse realizado el juicio. No estoy seguro de qué acción habría sido más dañina: dejar pasar al matón o enfrentarlo, sabiendo que la galería está con él. Por principio, había que pararse enfrente.

Trump es el tercer presidente estadounidense en ser acusado formalmente. El primero fue Andrew Johnson, en 1868, y el segundo Bill Clinton, en 1998. Ambos se sometieron a juicio (en el Senado) y fueron declarados inocentes, al no reunirse las dos terceras partes de votos en su contra. Algo similar debe ocurrir ahora con Trump. Johnson fue acusado por designar a un nuevo secretario de Defensa, justo después de la Guerra Civil; Clinton, por mentir acerca de su relación con Lewinsky, en medio de una investigación que tenía otro objetivo. Lo de Trump es significativamente más grave. Peor que lo ocurrido con Nixon, quien no llegó a ser acusado formalmente porque renunció, pero el cargo era conspirar para obtener ventaja en una elección. Trump ha hecho lo mismo, pero involucrando a gobiernos extranjeros.

No se incorporó en la acusación formal todo lo ocurrido desde 2016, porque la Casa Blanca bloqueó la investigación, pero si lo incluimos, es el mayor ataque a la democracia estadounidense en toda su historia. Un ataque bastante exitoso hasta el momento. El Partido Republicano ha defendido a Trump con un servilismo obsceno. Continúa con esto un proceso iniciado por Newt Gingrich a fines de los noventa (justo fue él quien promovió el juicio contra Clinton), y continuado por el Tea Party en contra de Barack Obama (incluyendo el infundio impulsado por Trump acerca de su nacimiento).

Grave momento vive la democracia liberal en el mundo entero.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.