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02/06/2020
Actualización 02/06/2020 - 14:48

Hace un par de semanas (el 19 de mayo) compartía con usted algunos parecidos entre lo que hoy vivimos y lo que ocurrió hace cien años. Ayer hice lo mismo, pero no comparando eventos, sino sensaciones, con lo que vivimos hace cincuenta. Permítame hoy plantear lo que creo que podemos aprender de esos dos momentos.

El deterioro global de la década de 1920 se acompañó de una caída en el comercio global, deflación y desempleo, que dieron como resultado un empobrecimiento general. Esas terribles circunstancias económicas y sociales, favorecieron el ascenso de demagogos y populistas, que una vez en el poder no tenían otra posibilidad sino escapar hacia delante: continuar en campaña, inventar enemigos, movilizar y polarizar, hasta que no quedó otra salida que la guerra. El ascenso de esos demagogos ocurrió aprovechando las nuevas tecnologías comunicacionales: Hitler sostenido en los filmes de Leni Riefenstahl, Stalin en los de Einsenstein, Mussolini en sus discursos radiales.

En cambio, el deterioro global de 1970 provocó un incremento en el comercio, inflación y estancamiento, que no llegaron a provocar empobrecimiento general. Antes de ello, los votantes optaron por liderazgos distintos, que no ofrecían paraísos sino sacrificios, y lo cumplieron. Paulatinamente, las economías se estabilizaron (con costos elevados para quienes habían abusado de los excesos de los setenta, es decir América Latina), y una década después se amplió la globalización para incluir, por primera vez, al mundo entero.

Es de la mayor importancia, a ojos de esta columna, identificar la gran diferencia entre los dos momentos: la tecnología comunicacional. Mientras que en los años 20 nuevos desarrollos son utilizados para promover demagogos, en los años 70 esos mismos desarrollos, ya maduros, son aprovechados para evitarlos. Es decir, esos cincuenta años de diferencia permiten a las sociedades contar con instrumentos de estabilización. Los guardianes (gatekeepers) conducen la discusión pública, informan a los votantes, y la democracia liberal funciona.

En 2020, fenómenos parecidos a los vividos hace 50 o 100 años nos toman con una tecnología comunicacional nueva, que no cuenta con esos guardianes. El resultado es el ascenso de líderes demagogos y populistas, encaramados en las redes sociales, que al llegar al poder no tienen otra opción que mantener su campaña, inventar enemigos, movilizar y polarizar. Es el caso de Trump, Bolsonaro, López, Sánchez, y usted sume los que falten.

Ya comentamos (21 de mayo) cómo las herramientas del periodismo no son útiles frente a las redes sociales. En opinión de esta columna, debido esencialmente al carácter multidireccional e interactivo de la comunicación. Sería momento de archivar los manuales de periodismo y desempolvar la “acción comunicativa” de Habermas, pero los hábitos se confunden con la moralidad.

Hace una semana, Twitter decidió aplicar cierto control a los tuits de Trump. La idea es evidenciar las mentiras del poderoso (equilibrar el diálogo, diría don Jürgen), pero insisto en que no es sencillo el cambio. Como era de esperarse, Trump reaccionó haciendo uso de su poder, y es posible que veamos una batalla legal en próximos meses. No es seguro, porque hay elecciones en noviembre, y eso es lo que le importa más al Presidente, su reelección.

En cualquier caso, esta columna sugiere que hagamos un esfuerzo por darnos cuenta de que lo que llamamos realidad es más bien un modelo, que compartimos gracias a la forma en que nos comunicamos. Cuando ésta cambia, el modelo también debe hacerlo, y lo que antes nos parecía natural, ahora nos es inaceptable. Pero este proceso se lleva mucho tiempo, décadas cuando no siglos. Visto desde lejos, hasta parece sencillo. Visto de cerca, como usted lo ve hoy, aterra.

No es la realidad, es cómo nos comunicamos. Si entendemos eso, todo será más fácil.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.