Después del neoliberalismo
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Después del neoliberalismo

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Después del neoliberalismo

06/06/2019
Actualización 06/06/2019 - 12:58

No nada más en México hay quienes critican el neoliberalismo. Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economía, y uno de los economistas que han cubierto más temas durante su carrera, a nivel excepcional, ha escrito un texto titulado 'Después del neoliberalismo'.

En él, Stiglitz no tiene miramientos: “El experimento neoliberal –impuestos bajos a los ricos, desregulación de los mercados de productos y trabajo, financialización (sic), y globalización– ha sido un fracaso espectacular”. Y procede de inmediato a establecer que hay tres alternativas políticas principales: “nacionalismo de extrema derecha, reformismo de centro izquierda, y la izquierda progresista (con el centro derecha representando el fracaso neoliberal). Aunque, con la excepción de la izquierda progresista, estas alternativas se mantienen ancladas a alguna forma de la ideología que ha (o debía haber) expirado”.

El texto completo está en internet, y es fácil de encontrar. Ahí puede leer la receta que Stiglitz ofrece a la izquierda progresista, en una agenda de cuatro puntos: restaurar el equilibrio entre mercado, Estado y sociedad civil; Estado de derecho y democracia; impulso a la competencia económica, y la separación de poder económico y político.

Bueno, a las mejores mentes les puede ocurrir lo de Stiglitz. Primero: el experimento neoliberal que critica ha permitido la mayor reducción de pobreza y ha dado como resultado la mayor expansión de la democracia en la historia de la humanidad. Es decir, las medidas políticas y económicas iniciadas a fines de los sesenta y extendidas en la década siguiente permitieron la incorporación al mercado mundial de países como China e India, que vivían en pobreza absoluta, destruir el sistema totalitario soviético, y extender al menos una parte de esos beneficios al sureste asiático, África y América Latina. Cierto, si ese mismo periodo se analiza sólo desde Estados Unidos, puede uno llegar a las conclusiones de Stiglitz. En pocas palabras, el nobel peca de “estadosunidos-centrismo”.

Segundo: su agenda no difiere de lo que hemos visto en buena parte del mundo durante los últimos cuarenta años (que es el periodo que él asigna al neoliberalismo). La desregulación de mercados fue parte del proceso de promoción de la competencia, por ejemplo. Como siempre, en algunos casos eso ha resultado dañino, pero no parece ser la generalidad. Efectivamente la confusión entre poder político y económico ha sido un problema de siempre en las sociedades humanas, pero eso no se quita con buenas intenciones. Para eso sirve, precisamente, la ley y la democracia liberal, que son su receta, pero también lo fueron durante buena parte de esos cuarenta años, hasta que el populismo se desató, por razones que, insiste esta columna, no son esencialmente económicas.

En donde yo no tengo discusión con Stiglitz es en impuestos y sistema financiero. Los impuestos deben resultar de la definición clara del objetivo del Estado. Una vez definido este, se debe recaudar lo suficiente para cumplirlo, de la forma más progresiva posible. Ahora bien, si ese objetivo no está claro, recaudar a lo tarugo nunca ha sido una buena idea. Por ejemplo: ¿Estados Unidos desea seguir siendo la mayor potencia? Si es así, tendrá que financiar guerras. Si no lo quiere, perderá el privilegio de la moneda de referencia mundial, y empobrecerá. Tendrá que decidir Stiglitz qué quiere.

Como es fácil demostrar, tanto la globalización como la desregulación de mercados han producido el mayor avance económico y democrático de la historia. La liberación del sistema financiero ha sido menos provechosa, pero era indispensable para que la globalización pudiera avanzar. Encontrar una manera de administrar la codicia humana sigue siendo complicado. Finalmente, la reducción de impuestos a los ricos no tiene defensa, salvo cuando se recuerdan las tasas de más de 90 por ciento de la posguerra, sólo posibles en un mundo cerrado.

“Hay más cosas en el mundo, Joseph, que en tu filosofía”, habría dicho aquél.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.