Desempeño y narrativa
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Desempeño y narrativa

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Desempeño y narrativa

16/08/2019
Actualización 16/08/2019 - 14:16

Hace unos días comentamos acerca de cómo la narrativa preponderante en una sociedad permite o no el establecimiento de cierto tipo de reglas aceptables para todos, que es lo que los economistas llaman “instituciones”. Una vez definidas esas reglas, el sistema se retroalimenta. Si las instituciones son constructivas, fomentan el funcionamiento del mercado, en el que ganan al mismo tiempo compradores y vendedores, unos porque obtienen algo mejor que el dinero que pagan, y otros porque el dinero que consiguen es preferible para ellos que lo que vendían. Esta combinación en donde ambos ganan es la creación de riqueza que algunos imaginan en la producción, en el trabajo, o en la naturaleza. En realidad, es producto del intercambio.

Si las instituciones no son constructivas, sino extractivas, lo que ocurre es que un grupo obtiene rentas, es decir, dinero que no ganaron, de parte de algún otro grupo de la sociedad. En este caso, la sociedad acaba en una situación peor, no sólo porque no aprovecha a plenitud las ventajas del intercambio, sino porque además hay un grupo parásito que extrae parte de lo creado.

Pero creo que es muy importante entender que las reglas de la sociedad, las instituciones, no pueden crearse de la nada. Su legitimidad, en tanto reglas, depende de su coincidencia con la narrativa preponderante. Si el valor máximo en la sociedad es el privilegio (es decir, las leyes privadas), entonces es imposible establecer instituciones constructivas. Si la ley la entiendo de acuerdo con lo que me conviene, entonces lo lógico es contar con instituciones extractivas, que me permiten extraer riqueza de los demás.

Aquí es en donde la historia resulta de gran importancia. Las sociedades latinoamericanas se construyeron en un entorno medieval (los siglos españoles XVI y XVII) y resistieron la transformación del siglo XVIII, a la que España misma llegaba tarde. Las Independencias son parte de esa resistencia, y dieron como resultado el colonialismo interno, es decir, la transmisión del poder de la Corona española a los grupos locales, sin modificación relevante. La importancia de los fueros, es decir, las leyes específicas, se mantuvo y perpetuó, al extremo de que vivimos en sociedades profundamente estamentarias, apenas diferentes de las que son formalmente clasistas.

El segundo intento modernizador, ocurrido alrededor del Patrón Oro y la primera globalización (1870-1913), produjo grandes riquezas, pero no alteró de fondo esa estructura sociopolítica. Por eso somos el continente más desigual del mundo. El populismo del siglo XX se construyó para aprovechar esas circunstancias, no para eliminarlas, sino para aprovecharse de ellas. Cardenismo y Peronismo son resultado de ese proceso. Vale la pena insistir: si el valor básico de la sociedad es el privilegio, es decir, que a mí se me aplican reglas diferentes a los demás, no hay manera de tener instituciones constructivas.

Este fenómeno no es igual en otras latitudes, porque su historia es diferente. En Asia, por ejemplo, no ocurre una relación como la de España con América Latina, de forma que aunque sea fácil encontrar paralelismos entre sociedades de allá (China e India, por ejemplo) con las nuestras, el eje sobre el que construyen instituciones es diferente. Y así pasa también con Europa y África, por razones distintas.

Como es claro, las economías exitosas son europeas (en ese continente, o transterradas, como Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda o Israel) y en un par de casos (Japón y Corea) muy influidas por esa cultura. Curiosamente, son esos países los más igualitarios y democráticos del mundo (con variaciones, obviamente). Es ahí en donde se han establecido instituciones constructivas, porque su narrativa, centrada en la libertad individual, lo favorece. Acá, no ocurre lo mismo. Regresaremos al tema.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.