Decadencia
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Decadencia

21/05/2019

Michel Onfray es un filósofo francés extraordinario. Como es costumbre con los filósofos franceses, es verboso, de forma que utiliza muchas más palabras de las necesarias para explicar sus ideas. Pero lo extraordinario es que, a diferencia de la mayoría de sus colegas coterráneos, es bastante claro. De hecho, en general es agradable leerlo, más allá de que siempre se aprende con él.

Ha escrito decenas de libros, con diferente nivel de profundidad y atractivo. Recientemente decidió publicar una “breve enciclopedia del mundo”, que tendrá tres volúmenes. El primero, Cosmos, salió hace tiempo, y aunque empecé a leerlo, no logré tomarle gusto. El segundo, Decadencia, se publicó en español hace poco, también por Paidós, y es bastante interesante. Tanto, que intentaré darle una segunda oportunidad a Cosmos.

En Decadencia, Onfray se propone analizar “la vida y muerte de Occidente”, que equipara con la civilización judeo-cristiana. El libro consta de dos partes, cada una con tres capítulos. En la primera, “Los tiempos del vigor”, habla del nacimiento, crecimiento y poderío de esta civilización. Muy ordenado, Onfray incluye cinco secciones en cada capítulo, que, a grandes rasgos, están dedicados al nacimiento del cristianismo, el desarrollo desde el siglo IV al X, y finalmente la época del enfrentamiento con el Islam entre el XII y el XVI.

La segunda parte, “los tiempos del agotamiento”, incluye sus tres capítulos, con cinco secciones cada uno: Degeneración, Senescencia y Delicuescencia, que corresponden, más o menos, a los siglos XIV a XVIII (visto desde el caos interno de la Iglesia), los dos más recientes, y finalmente lo que vivimos hoy. Cierra el libro una conclusión.

Como le decía, Onfray escribe bien, aunque sea excesivo en muchas ocasiones, y esto significa que hay momentos muy atractivos en el libro, acompañados de otros que pueden costar trabajo, por tener demasiados detalles, innecesarios para el desarrollo de las ideas. Sin embargo, el primer capítulo de la primera parte, y los dos iniciales de la segunda son realmente buenos, aunque no a todo mundo le van a gustar. Vale la pena leerlos, sin embargo.

En su análisis de cómo Occidente (es decir, el cristianismo para él) se ha desarrollado y ahora desaparece, Onfray no puede escapar de la maldición que aqueja a todo mundo: uno escribe desde lo que conoce. Su descripción y análisis de los últimos siglos es excelente desde la perspectiva francesa, pero deja muy de lado otra que, en mi opinión, tiene igual importancia y lo llevaría a conclusiones distintas. Prácticamente no menciona a Spinoza, e ignora por completo la filosofía anglosajona. Puesto que ha sido precisamente ese espacio (Países Bajos-Reino Unido y sucesores) lo que ha dado a los últimos siglos una dinámica diferente, lo que le queda a Onfray es sólo la perspectiva de la decadencia, totalmente francesa.

Tal vez por eso su conclusión es desesperanzadora. Como lo hizo Harari en Sapiens, al omitir en el análisis ciertos elementos, acaba concluyendo algo que no parece tener mucho sentido, pero que seguramente vende bien. Onfray, como Harari, se rinde a ese “transhumanismo” que está de moda, y le agrega la preocupación europea contemporánea, que hace suya: la derrota frente al Islam, pacífica o no.

Es una pena que sea así. Ambos autores podrían concluir de forma muy diferente si hubiesen incorporado en el proceso ciertas facetas que prefirieron dejar de lado, o que simplemente no perciben. Sin embargo, puesto que hay una oferta considerable desde el mundo anglosajón que comete el error opuesto, la aportación de Onfray es útil. El error sería leer nada más una perspectiva.

Aunque hoy el mundo anglosajón parece encabezar el camino al precipicio (entre Trump y el Brexit), no olvidemos que aportaron los tres grandes momentos liberales del último medio milenio. Otro día platicamos de eso.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.