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03/12/2019
Actualización 03/12/2019 - 13:26

Hace algunas semanas comentaba con usted acerca del alejamiento de la verdad en el discurso público, fenómeno muy evidente en el caso de ciertos presidentes (Trump, AMLO), pero que me parece tiene un fondo más amplio. Le decía entonces que no sólo los políticos desacreditan la verdad para impulsar sus discursos, engañar a la población y con ello alcanzar o mantener el poder. Me preocupa más que esto mismo ocurra entre académicos y sea multiplicado por los medios de comunicación.

Ponía dos ejemplos de este asunto. Uno de ellos era cómo ciertos economistas, en su afán de demostrar un incremento en la desigualdad, habían seleccionado datos y exagerado conclusiones. Específicamente, me referí a Piketty, Sáez y Zucman. Bueno, la revista The Economist, en su número de esta semana, confirma mi planteamiento.

En el artículo principal, The Economist reseña los trabajos de los economistas mencionados y los confronta con otros que alcanzan conclusiones diferentes. Por ejemplo, en términos de la proporción de ingreso que tiene el 1 por ciento más rico en Estados Unidos, Piketty y Sáez, con la metodología de un artículo de 2003, decían que había pasado de 10 por ciento, en 1980, a 22 por ciento, en 2018. Con una metodología más reciente (2018), su cálculo se modificaba y el ingreso de ese porcentaje habría pasado de 12 a 20 por ciento. La Oficina de Presupuesto del Congreso de Estados Unidos (CBO), por otra parte, concluye que en ese periodo el ingreso habría crecido de 10 a 16 por ciento. Finalmente, Gerald Auten y David Splinter encuentran que, al ajustar impuestos y transferencias, el ingreso habría crecido de 10 a poco menos de 15 por ciento. Todos estos datos, para ingresos antes de impuestos. Considerando el impacto de los mismos, la proporción del ingreso del 1 por ciento más rico en 2016 sería de 15 por ciento para Piketty, Sáez y Zucman; de 13 por ciento para la CBO, y de 9 por ciento para Auten y Splinter. En este último caso no habría incremento en la proporción del ingreso que recibe el 1 por ciento desde 1960. Dicho de otra forma, no habría incremento en la desigualdad, con esta medida.

Esto mismo se repite cuando se mide riqueza en lugar de ingreso. La riqueza del 1 por ciento en Estados Unidos habría pasado de 25 a 40 por ciento, según Sáez y Zucman, o de 20 a 28 por ciento, según Smith, Zidar y Zwick, entre 1980 y 2016. En Reino Unido, según Alvaredo y Atkinson, habría caído de 25 a 20 por ciento, comparando 1970 y 2016.

No lo aburro con más datos. Si está interesado, el artículo de la revista es bastante amplio y bien documentado. Lo que nos informa es que los investigadores, como todos los seres humanos, pueden cometer errores, especialmente porque uno tiende a encontrar lo que busca. Dicho de otra forma, sin quererlo, nos llama más la atención lo que confirma nuestras hipótesis que lo que las contradice. Es una versión del sesgo de confirmación contra el que hay que luchar continuamente.

Esto se agrava, sin embargo, cuando la presión externa juega a favor de la confirmación. Piketty saltó a la fama (y la riqueza) gracias al respaldo que le dieron economistas como Joe Stiglitz y Paul Krugman, los más izquierdistas entre los Nobel, que cometieron el mismo error: dar prioridad a lo que confirma lo que uno ya creía. En el caso de Zucman, su participación en primera fila en el equipo de Elizabeth Warren provoca esa presión externa que le comentaba.

Como nadie está a salvo del sesgo de confirmación (y de muchos otros), es posible que esté interpretando de forma inadecuada el artículo de The Economist, justamente porque me ofrece argumentos para insistir en que lo que hoy vive el mundo no es producto del crecimiento de la desigualdad y de la pobreza, que o no han ocurrido o son menores. Lea y me dice.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.