Fuera de la Caja

Claroscuros

La gran brecha en la caída del sector servicios implica una transformación muy importante en la estructura económica, que no se ha considerado con la importancia que requiere.

Como ayer decíamos, los datos del comercio exterior nos iluminan, y nos oscurecen las estimaciones. La balanza comercial a septiembre está llena de claroscuros.

Por un lado, las importaciones de bienes intermedios, que son los que se utilizan para producir, han regresado ya al nivel previo a la pandemia. Esto debería llenarnos de alegría, hasta que recordamos que ya para ese entonces traíamos una contracción importante. En 2019, las importaciones de bienes intermedios promediaban 29 mil millones de dólares al mes, y ahora estamos en 27 mil. Es una contracción de -7 por ciento, pero ya no es la tragedia de los meses más cercanos, donde todo se había hundido.

Ahora bien, si comparamos con la tendencia que se tuvo entre 2017 y 2018, la brecha se incrementa notoriamente. Ya en 2018 andábamos importando esos 29 mil millones de dólares, pero con un crecimiento anual de 10 por ciento. Si 2019 hubiese seguido por el mismo camino (es decir, sin cancelación de NAIM y sin berrinches de Trump frente a los chinos), el origen de la caída habría sido diferente. Pero no fue así.

Lo que esto significa es que la industria mantiene su recuperación (rebote), y es muy probable que el dato de septiembre ronde -7 por ciento para este sector. Eso, como sabe, lo podremos confirmar este viernes con el dato oportuno del PIB, y con mayor detalle en un mes, con el IGAE.

Sin embargo, las importaciones de bienes de consumo y capital no parecen mejorar al mismo ritmo. Aunque en ambos casos la caída es menor (nada más -24 por ciento en importaciones de consumo y -8 por ciento en capital), el acumulado de doce meses previos continúa profundizándose. En este indicador, la caída en septiembre es de -21 por ciento en consumo (frente a -19 por ciento el mes previo) y en importaciones de capital se mantiene en -16 por ciento.

Esto implica que el consumo y la inversión siguen deprimidos, y que prácticamente toda la recuperación (rebote) es resultado de demanda externa, es decir, de lo que exportamos. Ya hace algún tiempo comentamos que esto es un problema serio. Con los datos del segundo trimestre, decíamos que mientras la caída del PIB puede ser de -10 por ciento, la demanda interna (que es lo que los mexicanos realmente vemos) sería de -18 por ciento. La información actual no permite cambiar mucho esa estimación. Sí parece que podría ser un poco menor la caída, pero hablamos aún de décimas, y como este último trimestre se está complicando en todo el mundo, es preferible no cambiar las proyecciones demasiado.

Por el momento, el tercer trimestre parece apuntar a entre -9 y -9.5 por ciento, en el indicador global, pero con una caída menor en la industria (-8.8 por ciento/-9.2 por ciento) y mayor en los servicios (rondando -10 por ciento). Ayer precisamente comentamos cómo al interior de los servicios tenemos una variedad amplísima, desde caídas de casi -90 por ciento hasta crecimientos de 30 por ciento, en tasa anual.

Esta gran diversidad implica una transformación muy importante en la estructura económica, que creo que no se ha considerado con la importancia que requiere. Puesto que el golpe de la pandemia no duró dos o tres meses, sino más bien un año, y puede ser que dos, entonces al terminar tendremos un mapa económico muy diferente a aquél con el que iniciamos.

La transición a la economía digital, a las fuentes alternas de energía y a una vida menos multitudinaria parece algo inevitable. Como ocurre con todos los cambios, eso implicará ganadores y perdedores. Y por lo mismo, presiones políticas. Es un fenómeno global que se suma a los que ya hemos comentado en otras ocasiones, para amplificar nuestra incertidumbre; es decir, nuestra angustia; es decir, nuestro miedo. Ah, y por cierto, ya mero es la elección en Estados Unidos.

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