Cambiar el rumbo
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Cambiar el rumbo

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Cambiar el rumbo

15/11/2019

Puesto que lo que agrupa a las comunidades en este momento es el antielitismo, el fenómeno parece ser un retorno del populismo. Lo es, en parte, como todo lo que hemos platicado esta semana, pero no por completo.

En otras épocas, los intentos utópicos definían con más claridad al enemigo: la Iglesia católica, la monarquía, otras 'razas', la burguesía. En esta ocasión, el ataque no tiene destinatario específico, sino simplemente es antielitista. Es decir, contra: la vieja clase política, expertos y académicos, hombres blancos viejos, ricos, religiosos, etcétera. Esto significa que para identificar al enemigo es necesario proceder a una clasificación que tenga como base características de identidad. Hay que agrupar por color de piel, género, preferencias, religión, estudios, riqueza. No es que esto me parezca bien a mí, es que es lo que hay.

Los líderes inescrupulosos proceden entonces a clasificar como enemigos a todos los que no son como su base. Trump ataca a hispanos y afroamericanos, a musulmanes y europeos, y se queda sólo con su base de hombres blancos evangélicos. Con eso le alcanza para un 30 por ciento de los votantes. López Obrador utiliza otra clasificación, pero acusa de fifís y conservadores a los que no votan por él, y consolida su base, curiosamente también con una fuerte presencia de evangélicos. Erdogan, en Turquía, se sostiene en musulmanes muy religiosos; Modi, en India, en hindúes. Orbán y Kaczynski, en Hungría y Polonia, apelan al racismo y nacionalismo añejos.

Todos ellos intentan eliminar las reglas de la democracia liberal para quedarse sólo con plebiscitos en los que su capacidad de movilización y simplificación del discurso alcancen para no perder el poder. Todos descalifican continuamente a los expertos, a la ciencia, a la razón. Todos construyen una realidad alterna, con base en mentiras, rápidamente difundida a través de las redes, que sus seguidores aceptan de buen grado.

Conforme el entorno político pierde asidero en la razón, la incertidumbre crece, de forma que la inversión se detiene. Junto con ella, el comercio entre países se frena. El caso más espectacular es sin duda el de Trump, por su personalidad, pero no es el único. En esto, la época actual sí guarda parecido con lo vivido al inicio del siglo XX, o a mediados del XVIII, que abonaron a la angustia de la población, facilitando que las opciones políticas avanzaran rumbo a la locura.

La pregunta relevante es si este proceso puede detenerse o desviarse. Y en ese caso, ¿cómo?

Si lo que hemos comentado durante la semana es correcto, entonces el primer paso es aminorar el peso de las emociones y enfatizar el de las razones. Puesto que nuestra comunicación ocurre esencialmente mediante redes (y se alimenta en parte de medios tradicionales), es ahí donde puede alterarse el rumbo. Así como los algoritmos hoy acercan a cada quien las opiniones que más coinciden con las propias, estos pueden modificarse para movernos en otra dirección. Eso requeriría dos pasos: primero, la existencia de argumentos sólidos, pero accesibles; segundo, la modificación de los algoritmos.

Ambas cosas son posibles, pero requieren de acciones concertadas para ello. Esto no es sencillo, porque va en contra de políticos muy exitosos, como Trump (y ahí mismo, Warren y Sanders). Aunque reducir el peso de las emociones debería no ser un tema político, lo es en tanto muchos líderes están hoy en el poder debido a eso.

Adicionalmente, construir un discurso que inicie emocionalmente, pero vaya reduciendo el peso de las emociones, no es cosa simple. No olvide que los humanos responden a las amenazas, y de eso viven muchos grupos: políticos, académicos, empresariales.

Pero se puede.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.