Ausencia de ley
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Ausencia de ley

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Ausencia de ley

19/08/2019
Actualización 19/08/2019 - 12:35

El viernes hubo en la Ciudad de México una marcha exigiendo justicia para las mujeres violentadas y agredidas. Hubo un par de ataques a colegas periodistas, aunque el más conocido, porque ocurrió frente a la cámara, fue de parte de un joven golpeador dirigido por un hombre mayor. Hubo también destrozos en las calles, y especialmente en el Ángel de la Independencia.

Estos hechos ensombrecen, pero no deben eclipsar el motivo original de la manifestación: la violencia contra las mujeres es un hecho vergonzoso, pero cotidiano. Si bien no todas las muertes de mujeres son feminicidios, los asesinatos de mujeres, por el simple hecho de serlo, son una realidad en México. Pero son sólo el final de una larga cadena de agresiones y abusos que se originan en una cultura machista y renuente a la ley.

De muy poco sirve que tengamos leyes y protocolos especiales para mujeres si no se van a cumplir. Peor, si los encargados de hacer cumplir las leyes son sospechosos de romperlas.

Sabemos que el Estado es un mal necesario. Toda sociedad humana que supera el límite natural de miembros (150 individuos) requiere construir una jerarquía que estructure las relaciones. Esta jerarquía tiene dos obligaciones inherentes, la defensa del grupo frente al exterior y la solución de conflictos a su interior. En términos modernos les decimos “seguridad nacional e impartición de justicia”.

Cada sociedad define lo que considera justo y construye reglas para aplicarlo. Estas reglas, en su versión más estructurada, son las leyes. Cuando las leyes escritas no coinciden con lo que la narrativa social considera justo, el Estado no puede cumplir una de sus funciones básicas. Si una persona está convencida de que los demás existen para su disfrute, no vacilará en abusar de los demás, en su persona y en sus propiedades. Si los hombres de una región o país se consideran distintos, superiores, a las mujeres, no dudarán en abusar de ellas; si ciertos hombres se consideran distintos, superiores, a los demás, abusarán de ellos.

La idea de que todos los seres humanos somos en esencia iguales es poco frecuente en la historia humana, pero es el eje alrededor del cual construimos la modernidad. Esa idea subyace tanto a la democracia (en la que todos valemos lo mismo para elegir o ser elegidos) como al mercado (en el que el libre intercambio entre iguales produce la riqueza). Pero la modernidad, en los quinientos años que lleva de construcción, sufre embates con frecuencia. Aprender a reconocerse como igual no es sencillo, y menos cuando no se aprende en la primera infancia.

Hay personas agrupadas alrededor de una religión, una clase social, una ideología, un color de piel, una preferencia, un género, que se consideran moralmente superiores a los demás. Creen que a ellos no debe aplicárseles la misma ley que a los demás. Su superioridad les da derecho a una ley privada, es decir, un privilegio. La humanidad ha sufrido ya momentos muy violentos alrededor de la religión, las clases sociales y las ideologías. Después de décadas de violencia, en los tres casos se logró regresar a la construcción de un mundo de individuos esencialmente iguales.

Colores, géneros y preferencias parecen ser hoy motivo de grandes dificultades en todo el mundo. En México le sumamos nuestra tradición antilegal y un Estado muy débil, de forma que la violencia es ya un hecho cotidiano. Aunque nada de esto es reciente, el desprecio del Presidente y sus seguidores por la ley sí abona a la violencia.

Es obligación fundamental del gobierno la construcción de una sociedad pacífica. Es su obligación hacer cumplir la ley, hacer uso legítimo de la fuerza para ello. La vida de los mexicanos, la seguridad de sus personas y propiedades, está en juego.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.