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Aislados

10/12/2018

Una característica del México del siglo XX fue su aislamiento. De forma general, el exterior nos aterrorizaba. Algunos lo atribuirán al trauma de la llegada de los hombres barbados en el siglo XVI, otros a las frecuentes invasiones del XIX, o incluso al afrancesamiento del Porfiriato, pero el caso es que a partir de Cárdenas, México se dio a la introspección. Alemán abrió una ventana al turismo (especialmente para sus propios negocios), López Mateos invirtió en viajes, con Díaz Ordaz llegaron las Olimpiadas, y los dos presidentes del populismo se imaginaron como líderes globales (pero siempre en la oposición a Estados Unidos). Siempre con mucha cautela.

Nuestra relación con el resto del mundo era muy limitada. En la posguerra, había poco comercio, y el turismo era casi de aventura. Nuestra incorporación, en los setenta, fue primero para pedir prestado, y luego para pedir más, pero ya respaldados con petróleo. Si por algo se hizo famosa América Latina entera en los ochenta, fue por la quiebra iniciada por México y la década perdida que la siguió.

A partir del sexenio de Carlos Salinas, la postura de México fue muy diferente. Sí queríamos participar en un mundo globalizado, que lo fue más desde 1989, y queríamos hacerlo como actores de verdad. El primer acuerdo comercial de la nueva era fue el nuestro con Estados Unidos y Canadá, y fuimos también el primer país que, sin ser desarrollado, se incorporó a la OCDE. Aunque continuamos firmando acuerdos comerciales, a partir de 1996 la mayor parte de las energías se volcaron a la construcción de la democracia y nuevas instituciones. Pero todo el tiempo mantuvimos presencia internacional, con diferentes ritmos. En la última administración, otra vez alrededor de reformas estructurales, impulsamos el TPP, renegociamos el acuerdo con Europa, y nos defendimos exitosamente de Donald Trump.

El nuevo gobierno, en menos de dos semanas, ha derrumbado todo esto. Cerraron la gran ventana al resto del mundo que era el nuevo aeropuerto. El equipo negociador comercial, tal vez el mejor del mundo, ya fue desmantelado. Se cancelaron ProMéxico, y el Consejo Promotor de Turismo. Toda la presencia de México se reducirá a embajadas y consulados.

Los defensores de López Obrador regresarán a la cantaleta de que de nada nos servía esa presencia global, sin darse cuenta de que casi todo el crecimiento económico de México, por muy escaso que lo vean, proviene precisamente de la relación con el resto del mundo: turismo y exportaciones explican la gran diferencia entre la mitad del país que crece y la mitad que vive en el estancamiento. Ahora, la expectativa es que todos estemos igual: estancados.

El argumento para cerrar los organismos mencionados es de ahorro. Es algo que se repite en otras áreas de la administración pública. El nuevo gobierno, ya lo hemos dicho, es de cuentachiles. Tienen la perspectiva propia del abarrotero que cuida centavos y pierde pesos. Visión tal vez adecuada para el siglo XVII, o para esos lugares que siguen viviendo como entonces, pero que impide convertir a México en un país competitivo, y por lo mismo, exitoso.

Esta permanente sensación de inferioridad frente al resto del mundo, que nos lleva a aislarnos para defendernos, forma parte de las razones que llevaron a millones a votar por López Obrador. Tienen miedo. Creen que escondiéndose estarán mejor. A pesar de que es muy claro que las entidades abiertas son las que tienen éxito, quieren encerrarse. Por eso votaron por quien les ofrecía el pasado, la cerrazón, la irracionalidad.

La desgracia es que nadie puede esconderse. El mundo se sigue moviendo, y el que se aísla, pierde. Su rezago se hace mayor, y por ello su pobreza relativa. Pero eso eligieron.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.