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A un año

05/07/2019
Actualización 05/07/2019 - 13:50

El lunes, el presidente López Obrador celebró un año de su triunfo electoral con un evento en el Zócalo. A pesar de que cumple apenas siete meses en la presidencia, ya se ha ido opacando su popularidad. Tal vez porque no hay mucho que celebrar, y sí ha provocado reacciones negativas en algunos grupos.

De acuerdo con oraculus.mx, al inicio del gobierno la aprobación de López Obrador rondaba 77 por ciento, y llegó a un máximo de 81 por ciento, en febrero. Desde ahí ha perdido paulatinamente y en junio alcanza 70 por ciento, que sigue siendo un muy buen número. Mitofsky, que hace un seguimiento diario, presenta el mismo comportamiento, pero lo ubica en los alrededores de 60-61 por ciento. Con esta cifra, está al mismo nivel que Vicente Fox o Felipe Calderón, a la misma altura de la administración. Es decir, nada espectacular.

El índice de confianza del consumidor, que Javier Márquez ha mostrado que sirve más para entender la popularidad presidencial que las intenciones de compra de las personas, muestra un comportamiento similar. Una gran alza a partir de la elección, un punto máximo en febrero, y una caída paulatina desde entonces.

Gobernar desgasta, a cualquiera. Hay que tomar decisiones, y cada una de ellas produce ganadores y perdedores. Los primeros, en pocos días ni se acuerdan quién decidió; los segundos, no lo olvidan jamás. La intención de construir un régimen nuevo, modificando de raíz buena parte de lo que existe, produce muchos perdedores, que se arrepienten de haber votado por el hoy presidente.

Todo indica que hay dos elementos que están golpeando la imagen presidencial: la seguridad y la economía. Traíamos ya un problema muy serio con la violencia, que no se ha reducido. Aunque López Obrador había anunciado que con él terminaría este proceso, la verdad es que no ha ofrecido una estrategia diferente. Al contrario, ha dado mucho más poder a los militares, e incluso ha generado un problema donde no lo había, al obligar a la Policía Federal a convertirse en Guardia Nacional en condiciones inadecuadas.

En materia económica, si bien México no crecía mucho, no había problemas importantes. Ahora los hay. Todos ellos han sido producidos por la nueva administración. Desde la cancelación de la construcción del aeropuerto, a la vulnerabilidad creciente de Pemex, pasando por una pérdida de capacidad de gobierno debido a la 'austeridad' en la administración. La falta de confianza, tanto de inversionistas como de consumidores, ha movido la economía de ese escaso crecimiento de 2 por ciento anual al cero. Tal vez ahí se quede, tal vez no, pero eso todavía no lo sabemos.

A pesar de todo ello, el lunes el presidente planteó una visión optimista de su gestión, como era de esperarse. Quienes lo apoyan, enfatizan esas ideas; quienes no lo hacen, apuntan a sus errores. Para la población en general, según indican las encuestas, lo relevante es qué pasa con la seguridad y la economía. Si ambas continúan deteriorándose, como hasta ahora, así lo hará la popularidad y aceptación presidencial. Cuando gobernó la Ciudad de México, López Obrador no se preocupaba mucho por estas dos variables. Culpaba de la inseguridad y la recesión al gobierno federal, y le bastaba con repartir dinero a los viejitos para con ello mantenerse en buena posición. Con el desafuero, pudo brincar a la escena nacional y transformarse en un candidato viable.

Hoy no hay a quién culpar por lo que ocurre en esos dos elementos tan importantes para la población. Ignoro si el dinero repartido en los varios programas clientelares alcanzará a compensar la pérdida de confianza producto de los malos resultados. De eso se tratará la elección de 2021.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.