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13/03/2020

Ya usted sabe que las bolsas de Estados Unidos cayeron 10% ayer, mientras que las europeas lo hicieron en 12%. El dólar FIX cerró en 22.15 pesos, y el barril de petróleo de la mezcla mexicana, en 25 dólares. La combinación de la pandemia de coronavirus y la guerra comercial petrolera ha devastado los mercados financieros.

Conviene agregar que los refugios tradicionales también se vinieron abajo. El oro perdió -5%, y el bono del gobierno estadounidense a 10 años, -7%. Refugios novedosos, como Bitcoin, perdieron más de 20%. En pocas palabras, nada dentro de los mercados es atractivo.

Esto significa que no tenemos una crisis originada en esos mercados, sino externa. Creo que las caídas de ayer se explican por el mensaje de Donald Trump del miércoles por la noche, con medidas absurdas, discurso confuso y lenguaje no verbal que transparentaba nerviosismo. Justo lo que no debe hacer un líder en estas circunstancias. Para sumarle, Christine Lagarde tuvo dos intervenciones ayer, ambas malas, que profundizaron el nerviosismo.

La pandemia de coronavirus fue atendida tarde y mal. Debió declararse mucho antes, y debió ser tomada en cuenta con seriedad por los gobiernos. No hacerlo ha significado un crecimiento en casos y en fallecimientos, que no debieron ocurrir. En Italia, pero también en España, Francia, Alemania y en Estados Unidos. México ha actuado posiblemente peor que todos ellos, porque prácticamente no se han aplicado pruebas para saber cuántos casos enfrentamos.

En cualquier caso, la pandemia no fue contenida, y ahora es un asunto de administrar el crecimiento lo mejor posible y esperar el contagio de proporciones muy elevadas de personas, tal vez entre la mitad y tres cuartas partes de los seres humanos.

Impedir que esto sature los servicios de salud implica políticas de distanciamiento social, que obligadamente van acompañadas de menor actividad económica. Eso es lo que los mercados están descontando, en exceso por sus dudas sobre la capacidad de liderazgo actual. En el mejor de los casos, hay que considerar que durante el próximo mes debemos reducir significativamente nuestra comunicación con otras personas. Si hacemos las cosas bien, tal vez regresando de Semana Santa podamos iniciar el proceso de normalización de la vida, que tardaría otro mes.

Esto significa que por una sexta parte del año, si todo sale bien, la actividad económica global estará a medio vapor. Eso es una recesión, aunque se le puede poner otro nombre, porque esa palabra los espanta mucho. Todos creceremos menos de lo esperado, México seguramente tendrá una contracción. El Presidente, mentiroso como es, ha dicho que la pandemia nos tomó en momento de crecimiento. No es así, nos tomó vulnerables gracias a las decisiones absurdas de su gobierno. Pero no tiene mucha importancia.

El otro golpe en los mercados, la guerra comercial petrolera, debe durar mucho tiempo más. Si Arabia Saudita y Rusia están intentando derrumbar al fracking estadounidense, debemos esperar al menos un año de precios bajos. Si, además, tienen visión estratégica y están considerando el fin del petróleo como combustible, esto durará mucho más tiempo.

Con esas perspectivas, lo mejor que podríamos hacer en México es olvidarnos de los sueños guajiros del gobierno actual y regresar a la reforma energética, promoviendo el cierre de Pemex lo más pronto posible y la transición acelerada a tecnologías limpias. Convendría, adicionalmente, tomar en serio las finanzas públicas. Esto significa recaudar más y mejor, pero también orientar el gasto de forma más inteligente. El sistema de salud ya fue pauperizado por este gobierno, y temo que durante el crecimiento de casos de coronavirus, tengamos serias dificultades.

Es trágico que en estas circunstancias tengamos presidentes como Trump o López Obrador.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.