Fuera de la Caja

Quejumbrosos

Las élites dirigentes en México no quieren saber nada de la sociedad. Entre la mitad y dos terceras partes de quienes han tenido más suerte, o privilegios, prefieren salvarse solos.

Escribo antes de que ocurran la marcha y el tercer debate. Ya habrá tiempo de analizarlos. Sin embargo, creo que hay algo interesante que podemos comentar alrededor de la manifestación ciudadana. Usted ya sabrá cuando lea esto cuál fue el resultado, yo nada más puedo identificar algunos comportamientos.

Ya hemos comentado el estudio que Nexos ha realizado, más o menos cada cinco años, acerca de la caracterización de grupos sociales. Uno de esos grupos fue denominado, por los investigadores y los editores de la revista, como los “críticos indolentes”. Es un grupo que se queja de todo, al que nada le gusta, pero que no por ello participa en las soluciones. En ese grupo están dos terceras partes de quienes mayor ingreso tienen (el grupo AB/C+), y la mitad de quienes han estudiado licenciatura o posgrado. Les irá bien, mal o regular en su vida, pero están convencidos de que México no los merece, que todo podría ser mejor, pero no aportan para ello.

Creo que buena parte de quienes han criticado que a esta nueva manifestación ciudadana se invitase a Xóchitl Gálvez y, en el caso de Ciudad de México, a Santiago Taboada, están en ese grupo de críticos indolentes. Sin mayor estudio, sino sólo por intuición, identifico algunos subgrupos.

Primero, los igualitarios. Están convencidos de que todos los políticos son iguales, que no hay diferencia relevante asociada al partido en que militan, o a las propuestas que hacen, y por lo mismo desprecian a cualquiera que se dedique a la política. La generalización que realizan es lo que, en otros ámbitos, llamamos prejuicio, que es algo muy negativo, contrario al pensamiento crítico.

Un segundo grupo es el de los puros. Para ellos, la política es una actividad sucia, y cualquier persona que se dedique a ello, por ese simple hecho, deja de tener las virtudes de la ciudadanía. De poco sirve explicarles, como lo hizo el sábado Liébano Sáenz, que la base ciudadana del movimiento ha tenido que hacerse política para frenar la embestida antidemocrática, y ahora tiene que ser electoral porque hay que ganarle al proyecto autoritario en las urnas. Menos aún lo que esta columna argumentaba el 10 de mayo: “En este momento, los ciudadanos que quieren defender sus derechos, libertades, su deseo de vivir en un país de leyes, no tienen otra opción que convocar a esa plaza pública a los candidatos de oposición”. No, para los puros, la política mancha de forma indeleble.

Finalmente, están los finos. Ellos no consideran la política mala en sí misma, ni creen que todos los políticos son iguales. Su molestia es que la candidata impulsada por los ciudadanos, que ahora está compitiendo de igual a igual, aunque en una elección de Estado, no es la que querían. No tiene la trayectoria, el porte, las costumbres propias de un candidato presidencial en forma. Les es imposible entender que las opciones que a ellos les gustan estarían condenadas al fracaso.

No es una lista exhaustiva, ni mucho menos. Es sólo una impresión, y tal vez valga la pena estudiar con cuidado este desglose de los críticos indolentes. Pero no está de más recordar que ese grupo incluye a 20 por ciento de los mexicanos, y tiene una gran sobrerrepresentación entre quienes más ingreso y educación tienen. Las élites dirigentes en México, pues, no quieren saber nada de la sociedad. Entre la mitad y dos terceras partes de quienes han tenido más suerte, o privilegios, prefieren salvarse solos. Tal vez eso ayude a entender por qué se nos ha deteriorado tanto la vida pública, o por qué los políticos cada vez les hacen menos caso a esos críticos y prefieren competir por el resto de la población, y lo hacen ofreciéndole esa suerte y privilegios a los que ellos no tuvieron acceso.

Tal vez este país necesita menos caballeros y más villanos.

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