Fuera de la Caja

Tercera llamada

Conforme más mexicanos se den cuenta de lo que está en juego, y de cuál opción es la correcta, el futuro empezará a ser más claro.

Por tercera ocasión en este sexenio, los ciudadanos tomamos las calles. Tal vez debiera decir por cuarta vez, porque la primera ocurrió el primer domingo de junio de 2021, cuando tomamos las urnas, y derrotamos con claridad el proyecto de López Obrador. Aunque la mezquindad de Movimiento Ciudadano impidió que la oposición fuese mayoría, bastó con lo ocurrido para terminar con el sueño reeleccionista y obligar a la definición de la sucesión. Aunque pareciera lo mismo, no lo es. En un proyecto personalista, como lo es el de López, la existencia misma de una opción interna lleva al conflicto y a la derrota.

Aunque se inclinó por la candidata con menos personalidad propia, la más fácil de eclipsar, y aunque la ha humillado quitándole a su candidato para la Ciudad de México, mandándola llamar a Palacio, dictándole su plan de gobierno, Claudia sigue siendo una piedra en el zapato del tirano. Tiene que hacerla ganar, porque de otra forma efectivamente se le aparecerá la señora Justicia, pero no puede impulsarla porque eso implicaría su ocaso.

Sigo pensando que lo que hemos visto en este gobierno no ha sido la concentración de poder en el Presidente, sino en la persona de López Obrador. La destrucción institucional no restaura la presidencia imperial. Eso era posible cuando existía un gran sistema político-electoral con gran disciplina, reglas internas, costumbres y tradiciones que han desaparecido: el viejo PRI, el régimen de la Revolución. Ese sistema impidió la reelección de los tres presidentes que la buscaron (Alemán, Echeverría y Salinas), y mantuvo el equilibrio entre sectores y grupos. Eso ya no existe.

Por tanto, no tenemos hoy un Estado funcional. La inercia permite que sigan operando algunas cosas, pero cada vez con menos orden y eficiencia. Es muy claro en salud, un poco menos en educación, que son las actividades del gobierno más cercanas a las personas. Es trágicamente evidente en seguridad, con entidades federativas ya totalmente controladas por el crimen. Y no nos damos cuenta, porque son actividades más limitadas, del impacto del derrumbe en agricultura (ya casi sin sanidad vegetal, sin agua), en el comercio exterior (la corrupción en aduanas, el uso que China hace de México para dar la vuelta a las restricciones en Estados Unidos), en energía (apagones, huachicol), en comunicaciones y transportes (la inseguridad en carreteras es increíble), y no sigo con la lista.

Si esta hipótesis es correcta, entonces Claudia Sheinbaum, en caso de ganar, no tendría poder alguno. Quienes suponen que podría hacer lo que López Portillo o Zedillo hicieron frente a su antecesor se equivocan: ya no existe ese sistema. No tendría forma de quitarse al alacrán de encima, porque él sigue siendo quien aglutina los intereses, quien nombra candidatos, quien decide reformas.

Muy diferente sería el caso de Xóchitl Gálvez, quien no debe nada a López Obrador. Su triunfo iría acompañado de una mayoría en el Congreso, prácticamente por definición, y de varias gubernaturas, con lo que se obligaría a una redefinición de alianzas a nivel nacional. Esto no significa que el gobierno de Gálvez no tendría que enfrentar el desastre financiero y de gestión con que terminará López, pero podrá hacerlo con una flexibilidad inexistente para Sheinbaum.

Por otra parte, esta tercera (o cuarta) manifestación ciudadana reitera la convicción de millones de personas demostrada en 2021. No es necesario que asistan millones a las plazas, sino a las urnas. Como ya hemos comentado en varias ocasiones, una participación de 63 por ciento el 2 de junio garantiza el fin del proyecto personalista, y el inicio de la reconstrucción del Estado. Conforme más mexicanos se den cuenta de lo que está en juego, y de cuál opción es la correcta, el futuro empezará a ser más claro. Tercera llamada, avanzamos.

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