Fuera de la Caja

Elección de Estado

Es tan evidente el fracaso del gobierno de López Obrador, la cancelación de la esperanza, el engaño y la falta de empatía, que la amenaza de perder la elección es muy clara.

La semana pasada documentamos aquí cómo el lema de López Obrador, “no mentir, no robar, no traicionar”, no sólo es falso, sino que su gobierno es mentiroso, ladrón y traidor. Frente a la evidencia, es claro que los mexicanos, en su mayoría, buscarán expulsar del poder al grupo que representa tanto daño. Por ello, ese mismo gobierno busca impedir que la voluntad de los mexicanos se refleje en las urnas. Vivimos ya una elección de Estado.

Victoriano II quiere imponer a su sucesora, a quien ha maniatado (aunque tal vez no fuese necesario) para poderla someter a su antojo. Un hombre enajenado, que ha vivido siempre buscando el poder, es incapaz de dejarlo. Para ello, tiene tres ministras en la Suprema Corte, tres magistrados en el Tribunal Electoral y cinco consejeros (incluyendo la consejera presidenta) en el INE. No le alcanza con eso para controlar la elección, pero sí para complicarla, y lo está haciendo. Por ejemplo, intentarán colocar a los Siervos de la Nación como funcionarios de casilla, y si no, al menos de observadores, para hacer un fraude a la antigüita, como lo aprendió en su partido de origen, el PRI del siglo 20. Último recurso: provocar violencia para anular esas casillas.

Quiere que sólo su voz sea escuchada, y doblega a los medios de comunicación con la mezcla tradicional que aprendió en su origen: la zanahoria de la publicidad y el garrote de la concesión. Tampoco es que haya que presionar demasiado, buena parte de los empresarios son congéneres suyos, están acostumbrados a intercambiar favores con el poder.

Pero no le alcanza. Es tan evidente el fracaso de su gobierno, la cancelación de la esperanza, el engaño y la falta de empatía, que la amenaza de perder la elección es muy clara. No podría ser de otra manera con una megafarmacia que ha costado 3 mil millones para surtir cinco recetas por día, con un tren que no ha logrado un solo recorrido sin incidentes, una refinería que no produce nada, un aeropuerto que nadie quiere usar. Es un gobierno que ha dilapidado la mayor cantidad de capital político en la historia, pero también capital financiero. Entregará el erario en quiebra.

Victoriano II cree que el control del discurso, de las autoridades electorales, la repartición de dádivas, y el ejército de seguidores le puede alcanzar, pero tiene todavía dos herramientas disponibles, en caso de necesidad. La primera es su alianza con el crimen organizado, forjada a golpe de abrazos. Si el territorio controlado por estos grupos criminales ha crecido, mejor: habrá más casillas bajo sus órdenes, a las que pocos se atreverán a ir, y que, en el peor de los casos, pueden anularse. Sin embargo, a menos que esas anulaciones provoquen la de la elección en su conjunto, es muy probable que no le sirvan de nada. No tenemos previsto qué hacer en ese caso, por lo que su alteza piensa que será entonces cuando sea necesario apelar a la última herramienta.

Victoriano II, como su antecesor del mismo nombre, cree posible sostenerse en bayonetas. Tiene el mismo problema que su homónimo: unas Fuerzas Armadas que no son monolíticas. Seguramente sus secretarios le insisten en su papel como comandante en jefe, pero no le recuerdan la fecha de caducidad. Tal vez suponen que ellos mismos podrían perpetuarse. Como le ocurre a tantos incapaces con poder, no pueden ver el mar de fondo, no perciben la fuerza de las corrientes que se desplazan bajo sus pies.

Aunque a muchos les cueste trabajo verlo, el derrumbe de Victoriano II está en proceso. Todavía querrá convencer de un paraíso futuro, ofreciendo medidas incumplibles; todavía querrá convencer que la elección ya está resuelta, a su favor. Así pasa la gloria de este mundo: primero, muy despacio; de pronto, de golpe.

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