Fuera de la Caja

Nada escrito

La carrera hacia las elecciones de 2024 parte de un empate, con una cierta ventaja de la oposición, pero nada de una superioridad abrumadora por parte del oficialismo.

Como es evidente, hay una competencia seria por 2024. No hay, como quisieron hacernos creer muchos hace apenas unas semanas, una ventaja abrumadora por parte del oficialismo, ni nada parecido. Ya hemos comentado que los votos por la oposición (PAN, PRI, PRD, MC) superan los obtenidos por la coalición oficial en el periodo 2021-2023, como lo ha mostrado María Amparo Casar en Nexos. Es una muestra muy representativa del país, de forma que partimos de un empate, con una cierta ventaja de la oposición.

Este empate, sin embargo, desaparece cuando uno considera las dos potenciales candidatas presidenciales. De un lado, Claudia Sheinbaum, es una pésima candidata. No dudo que tenga muchas virtudes, pero no las que se requieren para una candidatura: no produce emociones, no tiene empatía o carisma, no es buena oradora. Depende por completo de la sombra del caudillo. Éste, que ha tenido mejores momentos, ahora apenas logra mantener la aprobación de sus antecesores en el mismo momento del sexenio. Salvo alguna encuestadora que lo pone 10 o 15 puntos por encima de las demás, sufre el Presidente para llegar a 60 por ciento de aprobación. Nada excepcional.

Del otro lado, Xóchitl Gálvez es una excelente candidata para el momento actual. En otra época no lo hubiera sido, pero hoy, en todas las democracias occidentales, se necesita ser considerado externo al sistema político para competir con éxito. Así le ocurre a Xóchitl, que además muestra carisma propio y capacidad de comunicación. No gusta a todos su estilo, sin duda, pero parece tener lo suficiente para aspirar a superar la mitad de los votos en 2024.

Sin embargo, las elecciones no las gana la mejor candidata. Ganar implica además tener una buena campaña. En eso, Sheinbaum tiene ventaja. Cuenta con el apoyo explícito del Presidente (en contra de la ley, y en contra de lo que él mismo exigió por décadas), con el respaldo de dos decenas de gobernadores y con los amplios recursos del Estado. Gálvez, en cambio, encabeza una coalición que jamás ha participado unida en un proceso similar, en la que, además, hay una presencia ciudadana que no acaba de embonar. Aunque esa coalición representa al menos la misma cantidad de votos que los que ha podido movilizar el Estado, no hay garantía de poderlos mantener si la campaña es inadecuada.

Al respecto, conviene recordar que las campañas rara vez se tratan de éxitos. Lo más frecuente es que una campaña triunfadora sea aquella en la que hay menos errores, y los que ocurren, se saben manejar. Las campañas son una actividad especializada, que requiere profesionales. No se trata de ganar la mesa directiva del salón de prepa, sino de alcanzar el máximo puesto en el país. No hay lugar para aficionados. Así, aunque sea un activo de Xóchitl Gálvez ser percibida como externa a la política, y le convenga aprovecharlo mostrando frescura e inocencia, sería un error fatal que su campaña fuese así: inocente, amateur, improvisada.

Por la prensa hemos sabido que Sheinbaum no quiere correr ese riesgo, y ha contratado profesionales desde hace tiempo. Su problema no será ese, sino quién encabezará su campaña. ¿Será ella o López Obrador? Las dificultades de Xóchitl coordinando tres partidos y diversos grupos ciudadanos palidece frente al reto de Claudia. Ser la candidata de un tirano es una ventaja, y una desventaja, inmensas.

En estos días se estarán definiendo equipos, pero también candidatos a las nueve gubernaturas. Será un gran termómetro para ver quién manda, del lado de Morena, y qué tanta coordinación hay, del lado del Frente. Ya no será un lecho de rosas para las candidatas, salvo por las espinas. Sufrirán mucho, por nueve meses, y una de ellas seguirá sufriendo por seis años más. La que gane, claro.

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