Fuera de la Caja

Lo que se enfrenta

Lo que se ha fortalecido no es la presidencia, sino López Obrador, personalmente. Tal vez lo más cercano a esto haya sido Plutarco Elías Calles, una vez muerto Álvaro Obregón.

López Obrador ha concentrado en su persona todo el poder posible. Para ello, ha debilitado seriamente al Estado, tanto a través de una administración pública ya muy deficiente, como mediante la destrucción de órganos autónomos, la asignación de tareas inadecuadas a las Fuerzas Armadas, la subordinación del Congreso y la imposición de gobernadores inútiles, cuando no claramente peligrosos.

Todos los empresarios que atienden sectores en los que hay regulación especial son testigos de primera mano del derrumbe de la gestión pública: en energía, transporte, salud, educación, todo es ahora más difícil, menos seguro, más costoso.

Si usted ha requerido atención en alguna institución de salud pública, ha podido constatar el deterioro. Si ha tenido que viajar por el aeropuerto de la Ciudad de México, lo mismo. Si ha modificado de alguna manera sus traslados entre ciudades, para evitar un ataque o robo, confirmará lo que le digo. Si nada de esto le ha pasado, muy probablemente ya le tocó algún apagón. No debería sorprenderlo, porque la inversión pública, en este sexenio, es la más baja de la historia. En pesos constantes, parecida a la que pudo ejercer el gobierno de Zedillo; en proporción al tamaño de la economía, es menor.

Puesto que el concentrador de poder decidió impulsar algunos proyectos faraónicos, el poco dinero disponible se ha ido ahí, de forma que no se ha podido siquiera dar mantenimiento a lo que ya teníamos, ya no digamos mejorarlo.

El deterioro de los servicios que presta el gobierno abarca todo el espectro, incluyendo la seguridad pública. Precisamente por eso se ha complicado viajar por carretera, porque ya no patrullan ni siquiera las autopistas que llegan a la capital del país. Creo que ya estamos en condiciones de considerar que prácticamente todo el Pacífico ha dejado de estar controlado por el Estado mexicano, especialmente Michoacán, Colima, Guerrero, pero también Sonora.

La herencia es muy clara, en lo que respecta a la capacidad del Estado: la peor situación en más de un siglo. No se trata sólo de una crisis financiera, como en 1982 o 1995, por muy profundas que hayan sido. Ahora los faltantes ocurren en todo, como decíamos.

Pero hay algo que creo que no hemos considerado, y que requiere atención. La concentración del poder, ¿ocurre en la figura presidencial o en la persona de López Obrador? Puesto que la destrucción institucional no ha ido acompañada de mayores atribuciones al jefe del Ejecutivo, me parece que quien ocupe ese cargo no heredará el poder. Tendrá que enfrentar las deficiencias que comentábamos, pero no tendrá herramientas para ello. Podemos suponer que las Fuerzas Armadas, como ha ocurrido en un siglo, obedecerán al nuevo comandante en jefe, pero serán los únicos. En el resto de la administración, quedan muy pocos con conocimientos y experiencia, de forma que será muy difícil devolverle operatividad a la gestión. Recibirán las arcas vacías, con compromisos muy considerables.

López Obrador, personalmente, mantendrá la lealtad de una veintena de gobernadores, de prácticamente todos los legisladores de Morena, y de millares de Siervos de la Nación. Su sociedad con el lado oscuro tampoco creo que termine con su periodo. Si no logra imponer a su sucesor, perderá mucha de esa fuerza conforme se le acaben los recursos, pero eso no ocurrirá de inmediato.

Por todo lo anterior, me parece un error suponer que lo que estamos viviendo es una especie de regreso al viejo PRI. Lo que se ha fortalecido no es la Presidencia, sino López Obrador, personalmente. Tal vez lo más cercano a esto haya sido Plutarco Elías Calles, una vez muerto Obregón, pero ya habíamos comentado que, más que recrear el régimen de la Revolución, López Obrador apuesta al caudillismo personal. Se trata de un animal muy diferente.

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