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2019

11/12/2018
Actualización 11/12/2018 - 11:56

En unos pocos días termina de definirse el inicio de 2019. Prácticamente hablando, esta es la última semana del año. El sábado, a más tardar, se presentará el Paquete Económico, y ahí se borrarán los últimos restos de confianza en México, o ganaremos unos meses más. No hay manera de que ese paquete produzca un incremento en ese elemento tan importante, y tan menospreciado: la confianza.

A lo mejor después del sábado algunos que no han entendido el tamaño del error que fue la cancelación del aeropuerto cambian de opinión. El presidente cree que lo que hizo fue una gran demostración de poder, que además sirvió de señal contra la corrupción. En su interpretación del mundo, con eso se explica todo. A los empresarios que iban a construir ahí, ya les ha ofrecido otras obras, e imagina que eso cicatriza cualquier herida. Lamentablemente, ese no era un problema. Si ICA, Carso, o la empresa que usted guste, vende o no, es problema de ellos. Si el gobierno de un país echa abajo el compromiso de inversión en infraestructura más grande en décadas, el problema es otro.

Lo que no puede entender López Obrador es que ha convertido a México en un país sin credibilidad. Invertimos décadas en convencer al resto del mundo que ya no éramos parte del continente de opereta que es América Latina, ese lugar en el que todo se mueve con caudillos y compadres. Logramos incluso establecer un marco legal de primer mundo para la inversión (apuntalado en el TLCAN). Y en 25 años, lo respetamos, y los convencimos. En unas semanas, todo desapareció: no hay respeto por la inversión, no queremos estar en el mundo, y sí queremos regresar al caudillo y sus compadres, ahora llamados 'Consejo Asesor Empresarial'.

Eso ya no tiene reversa. Incluso si hoy López Obrador cambiase de opinión, la confianza en el gobierno de México, y por extensión en el país entero, ha desaparecido. Y cuando no hay confianza, uno se fija más en los detalles. Por eso lo que se presente como Paquete Económico no puede mejorar la perspectiva, pero sí empeorarla.

Los programas sociales que promueve el presidente podrían entenderse como ejercicios de redistribución, como esfuerzos de inclusión, por almas caritativas que no han querido aceptar el tipo de persona que tenemos en la Presidencia. Y eso incluye multitud de periodistas e intelectuales de otras partes del mundo, que siempre nos ven a través de un cristal antropológico. Para muchos de ellos, eso ya no será posible. Ahora les quedará claro que se trata de instrumentos para la compra de voluntades. Siendo así, lo que se gaste en esos programas ya no es parte de la transformación social, sino dispendio que pone en riesgo la estabilidad financiera.

Espero que el Paquete no incremente las dudas, que para algunas empresas ya son suficientemente grandes. Además, hay que considerar el costo de ajuste en la administración pública, debido a la sustitución de buena parte de los tomadores de decisiones. Es frecuente que esto complique el gasto de gobierno, y eso impacta a la baja el crecimiento. Ocurrió así al inicio del gobierno de Fox y de Peña Nieto, cuando hubo cambio de partido en el gobierno. El cambio actual es órdenes de magnitud mayor.

El entorno internacional, por otra parte, no ayuda. Desde Estados Unidos llegan señales de una posible recesión durante 2019, además de los exabruptos de Trump, que parece estar ya aterrorizado y sin salidas. Su enfrentamiento con China tampoco se ve bien. Desde Europa, Brexit es cada vez más preocupante. Ni modo, así está el juego.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.