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15/02/2019

La velocidad frenética de la cuarta transformación ya tiene sin aliento a quienes la quieren y a quienes la odian. Sin embargo, creo que desde la ciudadanía y desde el empresariado nacional es importante hacer un alto para pensar cuál es el papel que se juega en este cambio de época.

Estoy convencido de que el auténtico emprendedor-empresario no necesita del gobierno, de este o de cualquiera de los anteriores, más allá de que cumpla con la obligación de establecer reglas claras para la inversión, brinde seguridad, procuración de justicia y un verdadero Estado de derecho.

En un extraordinario análisis de la trayectoria pública de Benito Juárez (Juárez, La Rebelión Interminable, ed. Crítica), el historiador Pedro Salmerón narra que los principales postulados de aquella Constitución liberal de 1857 eran, entre otros, el respeto a la propiedad privada; “el trabajo y la industria libres”, y “el comercio y la agricultura sin obstáculos”.

Es decir, todo aquello que se ha demandado durante décadas para prosperar como país. Porque la iniciativa privada que a diario se enfrenta a trabas burocráticas, actos abiertos de corrupción y a un clima de inseguridad –y a pesar de ello sigue subiendo las cortinas de su negocio–, sabe que si se reducen estas condiciones tiene posibilidades de seguir adelante.

Lo demás es ruido y política.

También encuentro curioso que varios amigos empresarios no cuestionan necesariamente las acciones del gobierno actual, incluso hasta las apoyan, pero manifiestan su reserva por las “formas” con las que se llevan a cabo las nuevas medidas.

Menciono esta particularidad porque deberíamos tomar como referencia la gestión del Presidente cuando era jefe de Gobierno de la Ciudad de México. Sus decisiones no siempre fueron populares (algunas lo contrario), sus ideas no sonaban adecuadas (¿a quién se le ocurre darles pensión alimenticia a los adultos mayores, por ejemplo?), y no se veía que consultara mucho a su equipo, aunque él sí supiera a dónde iba. Todas las anteriores, características de mis amigos y, por lo que les permití decir a varios de mis colaboradores cuando era empresario, también mías.

Dirigir no es sencillo, tampoco convencer a otros de tu visión, dar órdenes resulta, a veces, un deporte extremo; pero se tiene que hacer si en realidad quieres levantar una empresa exitosa, que dé empleo digno y destaque.

De fondo, el estilo del titular del Ejecutivo no es diferente al de cualquier empresario que se esfuerza por avanzar. A lo mejor por eso chocan tanto.

Debemos ser sinceros y admitir que antes estábamos mal, pero cómodos. Vimos a grupos muy exclusivos enriquecerse a costa del país y nos conformamos con hacer más lento el paso para no meternos en problemas. Hoy, insisto, involucrarnos ya no es opcional, es obligación. Es hora.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.