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12/04/2019

Se necesitan tres elementos para que el crimen prospere en una sociedad. Ninguno es ajeno a la realidad que vivimos en México desde hace al menos cuatro décadas. Atacarlos de manera eficiente es el desafío más grande que tiene el gobierno y en que debemos involucrarnos todos, si queremos salir de esta crisis.

Primero, es urgente quitarle los incentivos económicos a los mercados ilegales que parecen estar en todos lados: la venta de armas a civiles, los delitos de alto impacto, la comercialización de drogas y productos falsos, entre muchos otros. Pero no solo a esos, también hacerlo con las obras públicas, el robo de los combustibles y hasta la adquisición de medicamentos, que se convirtieron en espacios de discrecionalidad y de capitalismo de cuates.

Para que esos mercados ilegales crezcan son necesarias redes de distribución muy sólidas; es decir, toda una logística criminal que permita que los bienes y servicios que los alimentan lleguen a donde están sus clientes y negocios, además de contar con un entramado adicional que comúnmente llamamos “lavado” de dinero para ocultar las ganancias y los sobornos.

Históricamente, tanto los cuerpos de policía como las unidades de investigación financiera y patrimonial fueron sometidas a la política y, sospechosamente, nunca contaron con las facultades suficientes para perseguir los delitos comunes y de alto impacto.

El tercer componente es un entorno con instituciones débiles y, en consecuencia, fácilmente corruptibles. Estas pueden ser públicas o privadas, lo importante para el crimen organizado es que carezcan de autoridad moral y real.

Cualquier parecido con nuestra realidad no es coincidencia. Este es un patrón que han seguido todas las naciones no desarrolladas, en las cuales el ingreso se concentra y las carencias se distribuyen. Así no puede existir crecimiento económico alguno.

¿Qué hacer como emprendedores, empresarios y ciudadanos honestos? Simple: reglas claras, breves y sencillas para hacer negocios (desde la tienda de la esquina, hasta la corporación), mantener una economía abierta y en constante competencia, invertir en infraestructura pública y apostar por sistemas de educación y de salud de calidad.

La expectativa de crecer a un ritmo superior al 2.0 por ciento anual no será posible si no contamos con estos antídotos. Una economía en la que los mercados ilegales se fortalecen a costa de los legítimos rompe con el Estado de derecho básico, que sirve para reducir la desigualdad, distribuir mejor los impuestos y ampliar la base de beneficios para la mayoría.

Nos guste o no reconocerlo, México ha sido un país inmerso en la simulación. Como nación hemos invertido recursos millonarios en seguridad, educación, salud y combate a la pobreza, sólo para llegar al punto en que debemos empezar de cero cada sexenio.

Los pocos avances no fueron suficientes para aprovechar el potencial de un territorio que está al lado del mercado más importante del planeta, que cuenta con las condiciones de clima, riqueza natural y bono demográfico que otras naciones sólo pueden soñar. La corrupción y la impunidad terminaron siempre por bloquear cualquier transformación real.

No sé si al final de los siguientes seis años el cambio por el que votó una amplia mayoría modificará este escenario. Lo que sí puedo asegurar es que no es tarea única del gobierno aprovechar las ventajas que tenemos como país. Es también un trabajo de todos, todo el tiempo, es momento de comprometernos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.