Irracionalidad
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Irracionalidad

16/02/2018
Actualización 15/02/2018 - 22:49

Ejercitar la memoria es, siempre, un buen hábito. Entre otras cosas, permite no olvidar aquellos detalles que luego se pierden con el tiempo y provocan ceguera de taller.

Esta semana se nos ha pedido que recordemos dónde estábamos hace seis años y en qué lugar nos encontramos ahora.

Hace un sexenio el país se encontraba en una cruenta guerra contra el crimen organizado, la seguridad pública se había deteriorado en varias regiones de México hasta hacerlas inhabitables y la mayoría de los delitos estaban al alza. Hoy, la historia no es distinta, el año pasado fue el más violento desde que podemos medir los delitos.

Probemos con la economía. Hace seis años no iba mal, aunque tampoco bien. El crecimiento era mediocre. Sin embargo, aún teníamos un Tratado de Libre Comercio saludable. Hoy, bueno, no sólo estamos en lo mismo, sino que la inflación nos ataca, los combustibles siguen aumentando (el gas más de 60% en dos meses), el poder de compra ha caído en picada y la incertidumbre por el TLCAN es el riesgo inmediato y en año electoral.

Tal vez, podríamos usar a la educación o el combate a la pobreza como indicadores más confiables. En el primer caso, los resultados de la prueba PISA muestran que el aprovechamiento escolar sigue por los suelos y, en lo segundo, en un año la inflación empujó a casi dos millones de personas a la zona en la que no se puede comprar una canasta básica con el salario, según el Coneval.

De la corrupción, mejor ni hablamos. Si bien los sexenios anteriores no fueron un ejemplo de honestidad, en seis años los desvíos atribuidos a funcionarios, exgobernadores y demás oficiales han sido –por decir lo menos– escandalosos.

Un sexenio atrás, el reclamo social se tradujo en una petición electoral para que regresara al poder un régimen que aseguraba conocer los métodos necesarios para resolver los problemas. Hoy incluso el director de inteligencia de EU, Dan Coats, afirma que la corrupción, la violencia y el bajo crecimiento son el origen de la frustración popular.

Y el Estado de derecho, tan necesario en un país que quiera desarrollarse, simplemente siguió sin aparecer, igual que en los últimos 80 años.

Nuestra clase política podría reflexionar un poco más sobre lo que no se modifica en ellos y en sus prácticas; hacer memoria, pues, de lo que ha faltado, de lo que se ha abusado, de la falta de voluntad y compromiso para mejorar. Porque puede ser que la irracionalidad y el enojo social sean sólo consecuencias de muchas causas que los políticos se niegan a corregir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.