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Grado de inversión

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Grado de inversión

13/11/2020
Actualización 13/11/2020 - 15:22

En otro episodio de esquizofrenia económica, México aparece, a un mismo tiempo, como uno de los países de mayor perspectiva para invertir en plena pandemia y, por otro, como una nación que apenas alcanza un grado de inversión con aviso de cautela.

Por el potencial que representa su ubicación, recursos naturales, desarrollo turístico (en ciertas zonas), vecindad con la economía más grande del mundo y calidad de algunos de los procesos de producción y maquila de industrias globales, México sigue siendo un destino atractivo para la inversión; sin embargo, su reciente caída en el ranking económico mundial demuestra que los problemas endémicos de seguridad, falta de servicios de salud pública, educación de calidad, se vuelven un lastre demasiado pesado para avanzar.

No son problemas nuevos, aclaro, pero llevamos un tercio del sexenio que representa un cambio radical, al cual le cayó una pandemia inédita en un siglo, y cuyas expectativas son muy altas con respecto a otros gobiernos, simplemente porque así las construyó también a los ojos de las y los mexicanos.

Esta bipolaridad puede ser positiva si autoridades, iniciativa privada y sociedad, se concentran en las ventajas, mientras buscan acuerdos mínimos para solucionar los enormes problemas. Hay algunas señales que alientan, como la selección de la primera mujer, Rosa Icela Rodríguez Velázquez, al frente de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana del gobierno federal, pero los retos en otros aspectos siguen siendo de pronóstico reservado.

Un país compuesto por Pymes, en donde un puñado de grandes compañías da forma a muchos mercados, necesita de señales claras y constantes para poder arriesgarse, además de la confianza indispensable de que su apuesta por el desarrollo del país estará respaldada por una institucionalidad que no esté sujeta a vaivenes.

Cumpliremos dos años de esta administración y la constante es el cambio, no necesariamente la estabilidad. Si bien es cierto que ese supuesto equilibrio sólo encubría la corrupción rampante de antes, hoy que el discurso es el opuesto se necesita inyectar credibilidad para usar a favor esos beneficios que tiene México y esa transformación constante de reglas del juego que se está buscando adaptar a prácticas institucionales más claras y transparentes, puede obstaculizarse si no se cuenta con la legitimidad de esos mismos cambios.

Es posible que de ahí se nutran esas dos caras de una misma moneda, de la inestabilidad que dan los anuncios de modificaciones a ciertas prácticas y marcos normativos que generaron muchos ingresos, y muchos abusos también, pero que ahora cambian hacia otro extremo bajo el argumento de poner orden.

Sin embargo, ordenar cualquier cosa es un proceso y éste debe ser lo más claro posible para que no caigamos en el pantano de las negociaciones políticas, las presiones sectoriales y las letras muertas que tanto nos gustan en la legislación mexicana. De nada sirven las normas, si éstas no pueden aplicar o se vuelven en contra de aquellos a los que desea beneficiar.

Hay muchos pendientes, se entiende, pero ello no indica que este ritmo frenético de la transformación, justo en medio de la velocidad mortal que impone la pandemia, esté enviando los mensajes que necesitan muchos sectores e industrias que hoy demandan algo de estabilidad, que es mucho más de lo que todos tenemos ahora.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.