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Freno de mano

06/12/2019

Cierra el año con una serie de miedos, prudencia que podría parecer excesiva y una evaluación para invertir como nunca se había visto de mercados, analistas y empresas, acerca de un nuevo gobierno.

Fue, como se anticipaba, una sacudida y un cambio de época que modifica diariamente las reglas del juego entre el poder económico y el poder político, alguna vez entrelazados de tal forma que era imposible distinguirlos.

Sin embargo, poco a poco, la iniciativa privada se dio cuenta de que está frente a un gobierno –no más, tampoco menos– que tiene el monumental reto de traer, por fin, equilibrio a un país que todavía no puede abandonar sus vicios más arraigados, pero que se impulsa de formas increíbles para llegar a ese desarrollo con paz e igualdad del que gozan los países que han triunfado.

Incluso, en charlas recientes, algunos de los críticos acérrimos de la actual administración reconocen en privado que hubo muchos errores en el pasado que provocaron una desigualdad desmedida, misma que fomentó la inseguridad que padecemos, gracias a los elementos indispensables de la corrupción y la impunidad que cobijaron malas autoridades y peores líderes.

Ahora se trata de mirar al futuro, y después de un primer año vertiginoso, entender una nueva realidad que pueda servir para el clima de negocios, sin olvidar las deudas sociales que se tienen con amplios sectores de la población. No sé si este convencimiento tenga que ver con la moral que deberíamos promover entre ciudadanos, lo que sí es palpable es que los pronósticos catastróficos no eran reales, igual que aquellas celebraciones anticipadas de que todo mejoraría por arte de magia.

México es un país complejo, joven en muchos sentidos, y con una sociedad que intenta conocerse a sí misma todo el tiempo. Nuestras diferencias, sobre todo las artificiales que campean en las redes sociales, ocupan más de nuestro tiempo que las coincidencias evidentes que podríamos utilizar a nuestro favor para construir el país que soñamos.

Sin embargo, esa meta atraviesa por un ejercicio de autocrítica mayor a aceptar que no llegó el apocalipsis con el gobierno en turno y que la responsabilidad de que la economía y algunas facetas de la política estén con un aparente freno de mano es responsabilidad, en diferentes grados, de cada uno de nosotros.

Viene 2020 y con él un montón de expectativas que vale la pena analizar antes de que caigamos en la decepción lógica de quien no desea ver con objetividad lo que sucede. El ejercicio de pensar sobre todo lo que podríamos ayudar a destrabar para el próximo año empieza en nuestra casa, en nuestra calle, en nuestra colonia, en el trabajo, en la escuela y en donde nos encontremos. Se trata de un hábito de voluntad y compromiso que nos permita ser ciudadanos verdaderos, que no tenemos por qué coincidir en todo, aunque sí en aquellos puntos básicos que nos unan, nos permitan dialogar y manden un mensaje al crimen de que ya no estamos dispuestos a seguir siendo sus clientes cautivos, como tampoco de los malos políticos y funcionarios que cobijaron el deterioro que hoy tratamos de corregir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.