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Contratos

15/03/2019

Jean-Jaques Rousseau, en su célebre obra El contrato social, propuso en 1762 un Estado de derecho en el que se garantizaran las libertades, los derechos y las obligaciones, a partir de un gran acuerdo ciudadano que hiciera aplicable la ley en términos prácticos y en los detalles más simples de la convivencia de una sociedad.

Sin ese contrato, sostuvo, es muy difícil que se respeten las normas, se preserven las garantías de las personas e incluso se tenga estabilidad para el desarrollo. Después de que las ideas del filósofo francés impulsaran la Revolución francesa y moldearan la imagen de la democracia moderna, muchas sociedades han tratado de llegar a un acuerdo básico sobre el cual construir una comunidad mejor.

Ejemplos hay muchos en Europa, en Asia y en Oceanía; uno de los más cercanos a nosotros es el que tenemos de vecino, Estados Unidos. Con mayor o menos consolidación, los países que han logrado desarrollarse parten de un acuerdo social claro sobre los límites entre lo privado y lo público, así como en las sanciones necesarias para que estos se respeten.

En México hemos intentado, una y otra vez, alcanzar un acuerdo semejante. En ocasiones se logra, aunque en la mayoría prevalecen los intereses de grupo, ya sean comerciales o políticos o los dos.

Como somos una sociedad desconfiada hasta de nosotros mismos, la posibilidad de avanzar siempre reside en un cambio de poder, un conflicto, o hasta en la intervención de fuerzas externas. Durante muchos años hemos tratado de reproducir las mejores prácticas, pero terminamos copiando de mala forma modelos, fórmulas, esquemas y hasta recetas que nada tienen que ver con nosotros.

De fondo, esta división social fue administrada por el régimen que acaba (espero) de irse. La llegada de uno nuevo, con acciones veloces y decisiones tajantes, ha tomado por sorpresa a muchos sectores de la población, entre ellos el empresarial, acostumbrado en una gran parte a la adaptación según las circunstancias.

Como emprendedor, recomiendo otra manera de analizar lo que ha sucedido en estos 100 primeros días y desde antes, durante el largo proceso de transición de poderes. Los tiempos de la adaptación en el sector privado puede que hayan llegado a su fin y sea momento de comenzar la época de la innovación en todos los sentidos.

Si bien es muy útil evaluar a la administración actual en estos plazos artificiales, es mucho más importante hacer el mismo ejercicio hacia la planta productiva nacional y realmente saber si en este arranque se han guardado las cartas o ya se tiene un plan para impulsar la inversión y el desarrollo, sin tener que esperar necesariamente al gobierno.

En el falso debate entre la derecha contra la izquierda, la realidad es que las naciones que prosperan dejan gran parte de la creación de riqueza a los emprendedores y a los empresarios consolidados, pero bajo una regulación sencilla desde el Estado, que prevenga los inevitables abusos del mercado.

En ese entorno, el peso de la sociedad es enorme porque sirve de balance moral y civil para que ambos lados hagan lo correcto y lo necesario para mejorar la calidad de vida de todos. Evaluemos si, en este momento, somos ese tipo de ciudadanía.

Cien días son muy pocos para lograr un nuevo contrato social mexicano como el que escribió Rousseau, pero vale la pena comenzar a diseñar uno, si queremos por fin dejar atrás el pasado y tener la estabilidad económica que tanto anhelamos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.