Luis Wertman Zaslav

La diferencia de la oveja

Hemos logrado llegar a las puertas del control de nuestra propia existencia y eso es mucho más complejo que jugar a ser Dios con una oveja.

No sé si los sentimientos son parte de los negocios (aunque sí lo son las emociones), pero estoy convencido de que debe existir un sentido moral en muchas decisiones que se toman dentro del sistema económico.

Lo anterior no intenta ser un recordatorio de la importancia de la empatía o de la bondad, sino la afirmación de que actuar correctamente es bueno para las finanzas, ya sean personales, de una empresa o de una nación.

La mayoría de los tomadores de decisión en el mundo financiero utiliza números e indicadores para invertir, o no, en una industria o en un país, desencadenando consecuencias que pueden alterar el curso de un sector e incluso la quiebra de una sociedad entera. No es personal, se suele decir, “son negocios”.

Sin embargo, la historia de la humanidad confirma que los periodos más prósperos son aquellos considerados pacíficos, los cuales coinciden también con el desarrollo del conocimiento y de la inteligencia. Los lapsos en los que ocurren graves conflictos son, por lo general, espacios en los que el progreso se detiene y la desigualdad aumenta.

Importa poco la industria de la que hablemos, la realidad es que la paz es buena para la mayor parte de una economía y, sobre todo, para sus consumidores. El problema es que, en cada cambio de época —como éste—, el conflicto reside en el enfrentamiento de los viejos modelos que se resisten a desaparecer, contra los nuevos que surgen para, en teoría, avanzar.

Cito un ejemplo que nos concierne a todos: la inteligencia artificial. Existe una batalla en el sector tecnológico mundial para, por un lado, dejar libre el desarrollo de aplicaciones, plataformas y otras herramientas; mientras, por otro, un movimiento dentro de la misma industria, apoyada por especialistas y gobiernos, plantean una regulación muy específica para frenar abusos y excesos en su uso.

En una entrevista reciente, el conocido autor Yuval Noah Harari repitió una de sus tesis más famosas: nos estamos acercando a un mundo en el que podremos mejorar nuestro desempeño como humanos a través de dispositivos tecnológicos implantados en el cuerpo; lo que creará “categorías” entre las personas que pueden permitirse esas actualizaciones y las que no. Una desigualdad que ya no sería solo económica, sino física y (ojalá, no) mental.

¿Qué podría ponerse en medio de la creación de súperhumanos, a cambio de dinero? Solo las leyes que los Estados pudieran diseñar y aprobar para establecer los límites que podría alcanzar esa nueva tecnología.

Hemos visto casos como éste. Recordemos la historia de “Dolly”, la oveja clonada a partir de una célula adulta en 1996, fallecida en 2003 y disecada en el Museo Nacional de Escocia. Cuando se hizo el anuncio del experimento se desataron todo tipo de teorías, advertencias y previsiones de expertos y de gobiernos para que se prohibiera hacer lo mismo con células humanas. Motivo de ciencia ficción, jugar con la idea de poder diseñar personas y no dejarlo en las manos de la genética o del color de ojos que tenía nuestra abuela, siempre nos ha fascinado como especie.

Tristemente, los alcances de la inteligencia artificial podrían rebasar cualquier trama de Asimov y el dinero que está recibiendo en este momento esa parte de la industria tecnológica está superando los esfuerzos de mesura que intentan los gobiernos del planeta. Es decir, no hay ningún principio moral que guíe este avance tecnológico, porque no consideramos que debe prevalecer alguno en ese sector, más allá que el de las utilidades. Esa fue la diferencia con la oveja para regular, casi de inmediato, que se trataba de una aplicación científica.

Pero ¿dónde está la frontera entre manipular células para determinar la estatura que tendrá una persona y colocar un chip que amplíe la capacidad neuronal? Ese es el dilema.

Hace algunas semanas pudimos atestiguar la recuperación de un paciente afectado por el síndrome de Parkinson, caminar de nuevo gracias a una interfase eléctrica que reconectó la espina dorsal con el cerebro. Imaginemos lo que un microprocesador biomecánico podría hacer por una persona inmovilizada.

Nadie, espero, discute la bondad de esos usos. Lo que está en juego es la división que puede ocasionarse entre personas que podrían llevar una vida de salud permanente y otras que sufrirían los achaques de la edad o los daños de un accidente que no merecía.

La discusión está abierta y la corresponsabilidad de sociedades y gobiernos también. Hemos logrado llegar a las puertas del control de nuestra propia existencia y eso es mucho más complejo que jugar a ser Dios con una oveja.

El autor es Comisionado del Servicio de Protección Federal

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