menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Mal inicio para la relación AMLO-Biden

COMPARTIR

···
menu-trigger

Mal inicio para la relación AMLO-Biden

10/11/2020
Actualización 10/11/2020 - 10:22

Dice López Obrador que es respetuoso de la autodeterminación de los pueblos; que por esa razón no felicitará a Joe Biden hasta que las “autoridades electorales” de Estados Unidos definan el resultado final. Pero los votantes de aquel país han expresado su voluntad y Joe Biden ha superado los 270 votos electorales necesarios y, además, supera a Donald Trump por casi cinco millones de sufragios. Es claro que el pueblo norteamericano ha definido a su próximo presidente en la elección con mayor participación en un siglo.

López Obrador dice que no quiere tomar partido, pero al hacerlo está tomando partido por Donald Trump, quien es el único que argumenta un fraude que nadie ve. Al abstenerse de expresar su felicitación a Biden, está de forma implícita concediéndole razón a Trump en sus alegatos de que la elección le fue robada.

En Estados Unidos no hay 'una' autoridad electoral que anuncie ganadores. No existe un INE en la ciudad de Washington que cuente votos, ni tampoco un tribunal electoral que resuelva impugnaciones de los contendientes. El sistema electoral americano es, en realidad, la suma de 50 sistemas estatales, cada uno con sus propias reglas, fechas y modalidades.

Hay dos momentos en los que se agregan los votos de los estados y se hace la contabilidad oficial. Uno ocurrirá el 14 de diciembre cuando se reúnan los 'electores' que conforman el Colegio Electoral, integrado por 538 personas elegidas por el partido del candidato ganador en cada estado. Ese día emitirán su voto por Biden-Harris o Trump-Pence y lo enviarán al presidente del Senado, el actual vicepresidente Mike Pence.

La segunda fecha será el 6 de enero de 2021 cuando el vicepresidente en funciones, actuando como presidente del Senado, presidirá una sesión conjunta del Congreso para leer en voz alta los votos emitidos y certificarlos; posteriormente declarará al presidente y al vicepresidente electos. Será en ese momento, hasta el 6 de enero, cuando de forma oficial el Congreso declare al próximo presidente de Estados Unidos.

Antes de esos dos momentos, cada entidad de la Unión Americana cuenta con sus propios procedimientos para concluir el conteo de los votos. En promedio, los estados cuentan con dos semanas después de la jornada electoral para concluirlos. También cada entidad cuenta con sus propios procedimientos para dirimir impugnaciones: se hace ante jueces y cortes estatales.

Todo ello significa que, si López Obrador quiere ser estrictamente respetuoso de los plazos legales, tendrá que esperar hasta el 6 de enero de 2021, una vez que el Congreso norteamericano certifique la elección del nuevo presidente.

¿Vale la pena esperar más de dos meses para emitir una felicitación que ya ha sido hecha por decenas de mandatarios a nivel mundial? ¿Existe algún alegato razonable, con indicios verificables, de que en la elección de Estados Unidos haya ocurrido alguna irregularidad relevante?

Ninguno de los alegatos esgrimidos por Donald Trump tiene sustento alguno. Tanto los medios de comunicación, analistas, dirigentes políticos y sociales, más de 60 dignatarios del mundo e incluso algunos miembros destacados del Partido Republicano, no ven ninguna razón para sospechar que algún fraude se pudo haber cometido.

López Obrador ve la elección americana como si fuera una extensión de las elecciones mexicanas de 2006 y 2012. Así como él buscaba que el mundo le creyera, aún y cuando jamás proveyó prueba alguna de fraude en su contra, ahora siente empatía por otro presidente que sin prueba en la mano clama un fraude que nadie ve.

Quizá se trata de una empatía natural por aquellos que jamás aceptan una derrota y que la evaden culpando al resto del mundo; o bien, quizá se trata de un guiño de ojo a un presidente que le ha sido funcional para su propio gobierno o con quien guarda algún acuerdo de complicidad.

Postergar la felicitación a Joe Biden carece de visión diplomática y parece más una extrapolación de los fantasmas internos de López Obrador que un cálculo basado en la razón, en la evidencia y en el mejor interés de México.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.