Identidades falsas
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Identidades falsas

15/01/2019

Sin lenguaje no hay civilización y sin conceptos y palabras no hay diálogo o conversación posible. Cuando el significado de las palabras se tergiversa con fines políticos, cesan el diálogo y el aprendizaje colectivo: hablar se convierte en un monólogo de propaganda. Si cesa el diálogo, no hay critica que ayude a controlar el ejercicio del poder político y no hay aprendizaje. Donde termina el diálogo se esfuman los controles de una democracia.

El presidente López Obrador construyó su carrera política a partir de la interpretación binaria y simplista de la historia: él es el salvador de la patria y lucha contra una mafia que se resiste a perder sus privilegios. Como cualquier épica guerrera, hay enemigos acechando que deben ser destruidos para que la novela tenga sentido y no decaiga la energía de sus seguidores. #TodosConAMLO. #AmloNoEstásSolo.

Esa construcción maniquea de la historia requiere identidades de fácil asimilación que caricaturicen a los presuntos enemigos de la 4T: la derecha, los “neoporfiristas”, el PRIAN, la mafia del poder, los “fifís”, los de arriba, la prensa vendida (durante su campaña presidencial en 2000 Vicente Fox hablaba de las “tepocatas y víboras del PRI”).

AMLO ha torcido conceptos para ilustrar sus argumentos políticos e históricos. Por ejemplo, siempre ha dicho que él es un liberal y que –como en el siglo XIX– su lucha es contra los “conservadores”. Pero un liberal predica la libertad de los individuos, la supremacía de la ley y la iniciativa privada en lo económico y cultural. Un liberal cree en los individuos y busca protegerlos frente a los abusos del Estado, del que desconfía de forma permanente; por eso no cree en colectividades como el pueblo.

En contraste, un conservador busca mantener valores tradicionales frente a los cambios. Según la Real Academia Española, “sigue las ideas del pasado”. Por supuesto que hay matices y contextos históricos del significado de liberal y conservador, pero claramente López Obrador usa los términos de forma inversa a las acepciones comunes de las palabras.

Ser liberal no es algo bueno o malo en sí mismo; quizá el deseo de muchos políticos mexicanos de llamarse liberal nace de la interpretación oficial de la historia: al haber ganado la Guerra de Reforma en el siglo XIX frente a los llamados centralistas y conservadores, la historia de bronce llamó buenos a los liberales y traidores al resto. De hecho, durante varias décadas del siglo pasado el PRI hizo loas al liberalismo decimonónico cuando ese partido nació en 1929 con un discurso –igual que López Obrador– profundamente antiliberal.

Las novelas épicas requieren estereotipos. López Obrador ha recreado etiquetas con fines de ataque o de propaganda. Por ejemplo, llama neoliberales a todos quienes trabajaron en las áreas económicas del gobierno y los acusa de causar corrupción y pobreza. Pero algunos de los llamados neoliberales también construyeron el Banco de México (en cuya independencia AMLO cree), así como la Comisión Federal de Competencia Económica (Cofece) que hoy combate los monopolios y el “capitalismo de cuates”, y muchos de esos mismos economistas neoliberales fueron los creadores de los programas de transferencias para combatir la pobreza: justamente durante el gobierno de Salinas de Gortari, a quien tanto aborrece.

Algunos seguidores de López Obrador etiquetan a los críticos del gobierno como “La Reacción”, pero reaccionario es quien se opone a las innovaciones. También usan por doquier el término “la derecha”, cuando hay confusión y contaminación de su significado por el cruce de posiciones de derecha e izquierda en materia económica, cultural y social.

Una de las más confusas referencias es el término fascista o neofascista. ¿Qué significa aquello en el siglo XXI? Se le llama fascista a quien es partidario del corporativismo y de la exaltación nacionalista o de raza para movilizar a las masas o el pueblo, combinado con un fuerte militarismo. ¿Quiénes están más cerca de ese concepto: AMLO o sus adversarios?

Los seguidores de López Obrador están ávidos de azuzar pleitos entre ángeles del bien y dragones del mal. De ahí que aglutinan en costales a bandos ficticios, a quienes les ponen etiquetas. Una sociedad como la mexicana es diversa, plural, con matices, con mezclas culturales y religiosas, con diversos grados de escolaridad. Así como no hay dragones del mal acechando cada acción del gobierno, tampoco hay tal cosa como el pueblo bueno y sabio.

Hay mexicanos de carne y hueso, una buena mayoría de quienes votaron por AMLO para traer un cambio a México. Crear identidades falsas es antimoderno, induce polarización y genera confusión. Si perdemos el significado de las palabras perdemos la capacidad del diálogo y de crítica. Con conceptos elásticos que significan lo que cada quien dispone, entramos a un tobogán de destrucción de la deliberación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.