Congruencia y pragmatismo
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Congruencia y pragmatismo

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Congruencia y pragmatismo

11/06/2019

Ambas cualidades no siempre van de la mano. Cuando un político hace campaña en contra del status quo goza de la libertad –y hasta de la impunidad– de ofrecer el cielo en la tierra sin explicar cómo. Ya en el poder, se vale que un político cambie de postura, pero es exigible que diga por qué. Es bienvenido el pragmatismo para evitar una crisis económica o para sacrificar un bien en aras de otro mayor. Un gobernante que caminase recto sin mirar a los lados para corregir el rumbo nos llevaría al precipicio. Pero es necesario admitir el nuevo rumbo y explicar las razones.

El sábado pasado en su discurso en Tijuana –el de la defensa de la dignidad nacional– López Obrador alzó el puño en señal de paz y amistad con el presidente Trump. Por meses ha mantenido un disciplinado silencio para no enfrentarlo y evitar más fricciones, a pesar de que el presidente americano ha mantenido su retórica agresiva, errática y discriminatoria hacia México.

Aplaudo que el Presidente mexicano favorezca el libre comercio y cuide a toda costa la relación comercial, tal como lo hizo Enrique Peña Nieto. Celebro que su ataque retórico al neoliberalismo no haya afectado el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la apuesta neoliberal más audaz de Carlos Salinas de Gortari, el archienemigo de López Obrador. Qué bueno que para ello haya mantenido la prudencia y el silencio, aunque aplique un doble rasero y en México, con sus adversarios, sea agresivo y polarizante, justo como es Trump en su país.

Pero esos virajes, en ocasiones saludables o necesarios en la política, deben asumirse sin ambages. Por eso vale la pena aclarar el cambio de actitud de López Obrador respecto a Trump. Apenas en 2017 publicó su libro, Oye Trump, en el cual muestra “la imperiosa necesidad de unidad frente a la política deshumanizada y caprichosa del presidente republicano”. Llama a enfrentarlo con dignidad.

¿Por qué hoy actúa de manera diferente? Apenas cuando la visita de Trump como candidato a México en 2016 dijo: “No nos gusta que vengan a imponer agendas desde el extranjero”. Hoy Washington ha impuesto una agenda migratoria al gobierno mexicano que puede ser muy costosa en términos humanitarios –aunque desconocemos el desenlace porque no se tienen detalles de los acuerdos y, sobre todo, porque Trump puede exigir condiciones adicionales en los meses por venir.

Otro viraje que se debe aclarar es la postura del gobierno respecto a la migración centroamericana. Apenas en octubre López Obrador decía que “vamos a ofrecer empleo, trabajo a migrantes centroamericanos (…) el que quiera trabajar en nuestro país va a tener apoyo, una visa de trabajo”. Luego, al inicio de su gobierno, ofreció visas humanitarias. Olga Sánchez Cordero, secretaria de Gobernación, dijo que “vamos a dar visas de trabajo, vamos a construir el Tren Maya, el Tren Transístmico, vamos también a plantar cuatro millones de árboles, vamos a darle trabajo (…) a migrantes que vengan a nuestro país”.

Durante las primeras semanas del gobierno la frontera sur fue una puerta abierta. Incluso se acompañó a las caravanas en su travesía hacia Estados Unidos. Alejandro Encinas, subsecretario de Derechos Humanos, Población y Migración, celebró y dijo que “hay que reconocer que (la migración) es un fenómeno que va a cambiar al mundo y no va a ser con las políticas de cierre de fronteras (…) ni con xenofobia como se resuelva”.

Hoy el cambio es de 180 grados. Apenas el viernes López Obrador dijo que debíamos aplicar las leyes migratorias. Ese día por la noche se anunciaba el envío de la Guardia Nacional a la frontera sur. Se vale cambiar de opinión, pero es importante entender las razones. Estas son claras, pero no para los seguidores del gobierno. Un gobierno que acepta los cambios de prioridades y los explica, es un gobierno menos vulnerable.

López Obrador ha sacrificado su postura nacionalista frente a Estados Unidos en aras de evitar una crisis económica que podría devenir de una ruptura del tratado comercial o de una relación más ríspida con Washington. Pero, ¿cuál será el costo a mediano plazo? ¿Qué pasará si en 45 días el gobierno de Trump exige que México acepte ser “tercer país seguro”?

El gobierno debe dar razones, explicar virajes, decir los sacrificios que esto implica. No debe ocultar nada. El acuerdo apenas tiene 72 horas de firmado y el presidente Trump ya lo está contaminando con filtraciones y amenazas. Creo que el acuerdo puede ser muy caro políticamente para el presidente López Obrador, salvo que aclare y explique los riesgos que implica. Festejar da réditos por unos días, después el bumerán regresa.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.