La punta del iceberg de la interferencia rusa en el Reino Unido
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La punta del iceberg de la interferencia rusa en el Reino Unido

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La punta del iceberg de la interferencia rusa en el Reino Unido

22/03/2018
Actualización 21/03/2018 - 20:51

En las últimas semanas las intrigas e intentos de homicidio en Reino Unido parecen salir de las novelas de John Le Carré y de la serie The Americans. Sin embargo, en la realidad son la fuente del grave conflicto diplomático entre los gobiernos de Londres y Moscú, que comenzó tras el intento de asesinato del espía retirado Serguei Skripal y su hija Yulia en Salisbury el pasado 4 de marzo. Como primera reacción la ministra del Interior, Amber Rudd, anunció que se reabrirán las investigaciones sobre muertes sospechosas que han ocurrido en el Reino Unido en los últimos diez años, en especial el reciente asesinato de Nikolai Gluskov, un exdirectivo de la aerolínea Aeroflot a quien se le otorgó asilo político.

Según el servicio de inteligencia británico, Rusia tiene hoy más agentes de inteligencia desplegados en su territorio que en los momentos más críticos de la Guerra Fría. Entre las razones que se arguyen para ello están el alto número de expatriados rusos que viven es ese país, algunos millonarios que tuvieron dudosos vínculos con el Kremlin o el alto número de disidentes o periodistas que han buscado asilo en ese país. Los asesinatos cumplirían dos funciones: disuadir a los opositores al régimen de Vladimir Putin a hacer declaraciones y presionar a los gobiernos extranjeros a no acoger a disidentes.

El gobierno de Theresa May asegura que el gobierno de Putin es el responsable de estos sucesos, que recuerdan el envenenamiento con plutonio del espía Alexander Litvinenko en 2006. La agencia de investigación militar británica Porton Down confirmó que la sustancia con la que se intentó asesinar a los Skripal es novichok, un gas que puede tomar la forma de polvo ultrafino y que tiene una potencia superior a la de otros venenos como el gas sarín y el agente nervioso VX. Esta arma se desarrolló en la Unión Soviética entre 1970 y 1980 y se dio a conocer al mundo en 1991, un año después de la celebración del Acuerdo de Armas Químicas (del que Rusia es parte).

El ministro del exterior, Boris Johnson, también ha declarado que Rusia almacena esta sustancia desde hace diez años. Para confirmar este supuesto, se solicitó la asistencia de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ), la cual comisionó a un grupo de expertos para trabajar en el caso. El embajador ruso en el Reino Unido, Vladimir Chizov, ha rechazado las acusaciones de las autoridades británicas y ha insistido en que Rusia eliminó su arsenal químico completo, hecho verificado por la OPAQ.

La respuesta oficial del gobierno ruso se interpretó de manera negativa en Londres, por lo que fueron expulsados 23 diplomáticos de ese país, además de anunciar que se suspenderán contactos de alto nivel y que se adoptará una legislación más estricta para prevenir la interferencia extranjera hostil. Al mismo tiempo, el gobierno ruso respondió declarando persona non grata al mismo número de diplomáticos británicos, obligando también el cierre del consulado de ese país en San Petersburgo y suspendiendo las actividades del Consejo Británico en el país. Reino Unido está considerando tomar medidas adicionales como represalia.

Estados Unidos expresó en un comunicado su apoyo resuelto al Reino Unido. Este acto ha tenido, sin embargo, un papel limitado dada la falta de credibilidad del gobierno de Estados Unidos en sus relaciones con Moscú. Por lo tanto, en esta crisis, el Reino Unido ha confiado más en la solidaridad de sus aliados europeos. El lunes 19 de marzo el canciller Johnson se reunió en Bruselas con sus homólogos del continente y con el secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, para fijar una posición común. El mismo Stoltenberg ha declarado que el ataque de Salibsury sigue el patrón de Rusia de ser cada vez un actor internacional “más impredecible y más agresivo”.

Londres tiene que demostrar con pruebas contundentes la injerencia de Moscú. No puede quedarse como una mera especulación, alimentada por los arquetipos de Rusia en Occidente. De probarse el hecho ilícito y quedar impune, Putin –aún más fuerte por su reelección– confirmará que puede ignorar repetidamente las reglas de la convivencia de la sociedad internacional y que puede intervenir en otros Estados, incluso con el uso de la fuerza. También es una lección para el Reino Unido de la importancia y utilidad de ser parte de una comunidad más amplia como la Unión Europea en este tipo de enfrentamientos, que ser un actor individual débil y fuertemente cuestionado internamente y globalmente.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.