Temporal a la vista
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Temporal a la vista

06/06/2019
Actualización 06/06/2019 - 8:41

Hacía mucho tiempo que México no enfrentaba un escenario tan complejo en materia internacional y económica en simultáneo, e inevitablemente, interrelacionado.

La baja de las calificadoras Moody’s y Fitch Ratings obedece, por supuesto, a la mala perspectiva económica con la imposición de los aranceles de Trump, pero no de forma exclusiva. Lo que las calificadoras están observando es el pobre desempeño de nuestra economía por la deuda de Pemex, la inyección de recursos para evitar un default” por parte de la paraestatal y que arrastre al resto de la economía.

El Presidente y su gobierno están obsesionados con rescatar la añeja gloria de Pemex, volver a los años de esplendor productivo (2001-2005) con niveles de 3.6 millones de barriles diarios. Se ve improbable, si no es que imposible. Y la razón principal no radica en las muy deterioradas finanzas de la petrolera más endeudada del mundo, en su excesiva carga fiscal –los recursos que el gobierno le retira para financiar muchas otras cosas–, sino en que nuestro principal yacimiento, Cantarell, se acabó hace unos años. Es cierto que existen otros pozos operando y mantos petrolíferos, pero nuestras reservas probadas han disminuido sensiblemente –hay cifras que indican existencia comprobada de petróleo en México por tan sólo seis años más– y, en consecuencia, el derrumbe en los índices de producción. Tiene, además, un gigantesco pasivo laboral –120 mil trabajadores– y un paquete de pensiones muy significativo.

Pemex no se elevará por decreto presidencial, no mejorará por arte de magia. Es una empresa mal manejada por años, que ha sido víctima de corrupción, de despojo, de malas políticas y estrategias, que disminuyó su exploración y perforación, y gastó fortunas en tonterías como la fábrica de fertilizantes, que por cierto, resultó un fraude.

Es una empresa, del Estado, pero empresa, y debiera ser evaluada y reestructurada como tal. Las empresas tienen unidades de negocio, algunas rentables y otras que no lo son. Un empresario cualquiera, al que no le gusta perder dinero insistente y repetidamente –como los señores tenedores de bonos internacionales de Pemex– se ve forzado a ajustar la empresa. Evaluar su rentabilidad, cancelar aquellas líneas de negocio que no van a ser eficientes y que van a representar pérdidas. Ajustar estructuras, empleos, proyectos, rediseñar su estrategia a mediano y largo plazos.

Directivos de Pemex presentaron ayer en el Foro Oil & Gas, de El Financiero, un primer diagnóstico de la empresa. Tres problemas centrales identificaron: robo desmedido de combustible, deuda exagerada y excesiva carga fiscal. Parece un buen análisis de inicio, el problema es qué hacer a partir de ahora.

Es encomiable el trabajo de esta administración por reducir el robo de gasolina, atacar el huachicol y eliminar las líneas de fuga. Excelente.

Pero está la deuda y más aún, la inevitable carga fiscal, recursos vitales para el gobierno.

La muy considerable reducción presupuestal del gobierno a sus dependencias y secretarías, envía la señal de una inversión considerable a Pemex y al absurdo proyecto de la refinería en Dos Bocas. Este ajuste presupuestal ha puesto en grave riesgo otras actividades esenciales que son responsabilidad del gobierno: la debacle en el Sistema Nacional de Salud y el desfonde del Turismo, segundo motor de la economía y captador de divisas –para muchos, el primero.

El lunes, el gobierno de Trump impondrá como ha anunciado el 5.0 por ciento de aranceles a todos los productos mexicanos que cruzan la frontera hacia Estados Unidos. Los expertos señalan que los mercados han descontado ya el efecto en paridad peso-dólar en estos días, pero el panorama se agrava con las calificadoras a la baja y la señal grave y preocupante a los mercados e inversionistas.

Si había todavía falta de confianza en el nuevo gobierno, paciencia a esperar su desempeño y superar la curva de aprendizaje, el mundo del capital y la inversión podría paralizarse en torno a México, con las señales de aranceles y calificaciones descendentes.

¿La economía mexicana debiera ponerse en riesgo –y con ello el bienestar de los mexicanos– por una política migratoria cuestionable, por decir lo menos?

Resulta muy comprensible la postura ética y humanista del gobierno de México al aceptar, acoger, proteger, hospedar e incluso financiar a migrantes centroamericanos. Pero si esta política nos representa un enfrentamiento con Estados Unidos, al grado de golpear a una economía débil, afectar a millones de productores y exportadores y de fondo reducir nuestra capacidad económica como país, ¿no debiéramos colocar contrapesos sobre la ecuación y buscar otras soluciones y alternativas?

Ayer elementos del Ejército y la Marina mexicanos detuvieron el cruce en la frontera con Guatemala. Es la primera vez que esto sucede en décadas.

A favor del plan económico regional propuesto por el presidente López Obrador, pero se requerirá más convencimiento a partes involucradas y posibles socios: no sólo el BID o el FMI, sino el Tesoro estadounidense, los gobiernos centroamericanos y, me atrevo a sugerir, la Unión Europea, el Banco de Reconstrucción chino, todos. Necesitamos detener la migración o de lo contrario el costo para México será devastador.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.