Te pareces tanto a mí…
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Te pareces tanto a mí…

COMPARTIR

···
menu-trigger

Te pareces tanto a mí…

08/02/2018

Las similitudes de estilo y ejercicio vertical del enfoque político e ideológico entre Ricardo Anaya y Andrés Manuel López Obrador son muy relevantes. Ambos comparten formas de liderazgo único, indivisible, poco dialogante y, con frecuencia, impositivo.

Para nadie es un secreto que AMLO tiene más seguidores y fervientes simpatizantes que colegas y compañeros de partido. Sus años en el PRD, sus dos candidaturas presidenciales bajo ese sello, su histórica salida (“nada me deben, nada les debo”) exhibieron la forma de líder incuestionable, de autoridad inquebrantable que define a Andrés. Los proyectos, las estrategias, el discurso, la campaña son todas decisiones que llegan a una sola oficina: la suya. Andrés secuestró al PRD en los lejanos años de 2000-2005, para construir una candidatura presidencial que parecía, desde una medianamente exitosa y muy resonante gubernatura capitalina, ampliamente viable. Muchos pensaron en aquél 2006 que AMLO era invencible, lo dieron por ganador y el exceso de confianza deterioró con soberbia su indudable ventaja.

Hoy aparece en la escena política un joven aprendiz que reproduce prácticas y estilos. “Conmigo o contra mí” parece ser la consigna de Ricardo Anaya al interior del PAN. Su autoridad es vertical, su decisión incuestionable, el partido se dividió y ha sufrido la sangría de muchos quienes, desde fuera, reportan acoso y hostigamiento para plegarse ciegamente a los postulados de Ricardo. Es de fondo un tema de lealtades, quienes están con él y a quienes él interpreta como virtuales o probables opositores. Así sucumbió Margarita Zavala con todos sus años y su indudable genealogía dentro del PAN. Así han sido orillados coordinadores locales, simpatizantes de otros panistas o de diferentes corrientes. Anaya tomó el control de los comités distritales y desde ahí empezó a construir un monumento a su presidencia. Los spots, la difusión de su imagen, los coordinadores parlamentarios y las repetidas traiciones que sus correligionarios señalan y documentan, son un reflejo de una personalidad ambiciosa, que rechaza los consejos y los consensos.

Es la semilla de la vieja cultura priista enquistada en la clase política mexicana. Convencer, conciliar, argumentar, construir acuerdos con base en visiones y estrategias colectivas –eso fue alguna vez el PAN, jamás el PRD que peleó desde el inició por la supremacía de nombres, liderazgos locales, tribus y grupúsculos– no está en el ADN de Anaya o de López Obrador. El político que escucha, que concilia, que busca puntos en común en vez de propalar insidias y promover contrastes (“ellos y nosotros”) no es el perfil de estos dos contendientes por la presidencia de la República. Nada nuevo en el caso de Andrés, a quien conocemos hace casi dos décadas de perseverante activismo social. Muy revelador y decepcionante de un joven político como Ricardo, que en el Congreso demostró otras dotes, para luego enseñar su verdadero rostro.

El PAN fue una fuerza esencial en la construcción del Pacto por México, que impulsó la trascendente agenda de reformas; Santiago Creel y otros panistas trabajaron horas y noches enteras junto al equipo de Peña y junto a Los Chuchos y los del PRD para impulsar dicha agenda. Después vino la ruptura como expresión lógica de la lucha electoral: competir para ganar, contender para diferenciar.

Andrés fue enfático desde entonces: fustigó contra el pacto y llamó traidores de la izquierda al liderazgo corrupto y viciado del PRD; “falsa izquierda”, sentenció. Fue congruente, como casi siempre (excepto ahora, que recibe de chile, de dulce y de manteca, que por cierto tiene muy lastimados a los morenistas fundadores, quienes todavía no ven la suya, aunque ya vienen las listas para diputados y senadores).

Pero el PAN se retractó de lo que firmó, dio marcha atrás de lo que apoyó e impulsó. Ante la necesidad de competir y de ganar, se rompió el pacto y el tono negociador entre ambos partidos. Ricardo Anaya, de ser derrotado por Andrés, pasará a la historia como el político responsable de que una eventual candidatura unificada entre PAN-PRI, con José Antonio Meade como abanderado, se frustrara.

¿Por qué carecemos de políticos maduros, dialogantes, hijos del consenso, hermanos del diálogo y la concertación? ¿Por qué estamos rodeados de esta especie de vanidades inmensas, de iluminados proféticos que pretenden saber el curso verdadero que la historia tiene reservada para este país?

Seguramente somos responsables los mexicanos, los electores, que los hemos votado y mantenido por años en cargos financiados por el erario. Seguramente somos responsables por no expresar con auténtica claridad el rechazo a la manipulación, a la hipocresía, al paternalismo, a la corrupción que nos invade y de la que no escapa partido ni aspirante. El que no ha cometido un acto directo de corrupción, ha conocido y tolerado y obviado la denuncia y el señalamiento, porque de cerca, de paso y muy junto, ha sido testigo de desvíos, excesos y abusos. Ahí están los del PAN, contra los que Anaya prometió luchar, expulsar y combatir, y no hizo nada. Y están también los de Morena, que todos callan y nadie es capaz de explicar a Eva Cadena y a otros varios.

Son dos versiones generacionales de un mismo animal político.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.