Saldos de un sexenio
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Saldos de un sexenio

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Saldos de un sexenio

29/11/2018
Actualización 29/11/2018 - 8:54

Enrique Peña Nieto llegó al poder como la gran esperanza del PRI para reorientar el camino del país hacia el crecimiento, las reformas y la inversión. Entre aquellos históricos compromisos de campaña (“se lo firmo, se lo cumplo”), Peña Nieto afirmó que este país tenía el potencial para crecer al 5.0/6.0 por ciento anual, incluso más. Nos quedamos con las ganas. A pesar de las reformas, de la notable inversión extranjera directa en su sexenio (IED 200 mil millones de dólares) incluso de la deuda externa (del 34 por ciento del PIB al 47 por ciento en seis años) no alcanzamos a superar el 2.5 por ciento de crecimiento por año.

¿Qué falló? El diagnóstico es amplio y se orienta más a causas políticas que económicas, pero la caída de los precios petroleros, la expectativa de reformas cuyo resultado concreto sería a un plazo más corto, entre otros, influyeron sensiblemente.

Peña fue un presidente que se atrevió a apostar capital político en generar reformas, polémicas, controversiales, pero que estaba convencido darían un resultado positivo al país. Cada una tendrá que revisarse por separado y hacer un balance profundo, si el nuevo gobierno lo permite más allá de la ideología y la retórica antineoliberal.

La fiscal resultó ampliamente impopular, especialmente por el empresariado, pero sin ella el boquete a las finanzas públicas, causado por el derrumbe de los ingresos petroleros, nos hubiera sometido a una crisis e incluso a recesión. Fue dura, pero logró ampliar la base gravable y la recaudación.

La energética es de largo alcance y la apertura a inversionistas privados para exploración y explotación de campos petrolíferos, provocó empleo y crecimiento. Sin embargo, los beneficios tardarán aún años en llegar, si acaso no es cancelada como todo indica por la nueva administración.

La educativa, también en grave riesgo de ser suprimida, es tal vez la más poderosa y positiva a largo plazo para un país manufacturero urgido de elevar los niveles de preparación de nuestra población. Necesita tiempo, madurez, ajustes y mejoras, pero derribarla será un grave retroceso.

Hay más, la laboral, la financiera y otras muchas. El gobierno de Peña apostó su capital político por reformar, lo hizo en el marco de un pacto partidista e impulsó una ambiciosa agenda. Después –como dice la canción– todo se derrumbó.

Los dos incidentes que marcan el descrédito general del sexenio fueron la 'casa blanca' y Ayotzinapa. El primero, retrataría el mayor pecado de equipo gobernante y de la familia presidencial: la frivolidad, la insensibilidad con un pueblo pobre, la falta de tacto para exhibir una mansión y una fortuna. Pero de fondo, me parece, un tono ofensivo de soberbia que se asomaba en las fotos de las giras.

El equipo de gobierno había concluido, aprobado e implementado el poderoso paquete de reformas antes de cumplir los 24 meses en el poder. Parecía que ya no supieron qué hacer después de eso y ganó la soberbia, la autosuficiencia, el sentimiento de triunfo adelantado.

Y después, estalló la violencia, la criminalidad y la corrupción rampante de un régimen y un presidente que se negaron a combatirla, a reprimirla, a censurarla. Lamentable.

El diagnóstico inicial del combate al crimen por parte del gobierno anterior, fue superficial, descalificatorio, banal. Faltó dimensionar la complejidad del problema, el involucramiento de las Fuerzas Armadas, las muchas otras acciones complementarias y de seguimiento requeridas y no realizadas los primeros tres años. Aquí la omisión constante de los gobernadores, que recibieron dineros y capacitación, pero entregaban la responsabilidad a la Federación con absoluta irresponsabilidad. La violencia les estalló en el rostro con responsables de área inexpertos, no preparados para la tarea. Sacar de los titulares la “guerra al crimen organizado” no resolvió el problema. Requería mucho más, estrategia, acción, seguimiento, profesionalismo. No hubo.

Y aquí resulta inevitable referirnos a un gabinete dividido y confrontado entre dos figuras fuertes que dominaron la atención y el criterio presidencial. Ambos, Videgaray y Osorio, aspirantes a sucederlo. En el proceso de toma de decisiones, de ponderación de criterios, el estira y afloje de los dos supersecretarios –vicepresidentes los llamó alguien– influyó gravemente en el presidente.

Lo “bueno que sí cuenta” está en el empleo, que tardarán mucho tiempo en igualar (3.6 millones de empleos permanentes); la muy sana inflación controlada casi cuatro años del sexenio (3.0 por ciento). Un manejo sensato y responsable de las variables macroeconómicas.

Lo malo que sí se cuenta y cuenta mucho, está en la impunidad y la corrupción. Muchos funcionarios federales, estatales, del Ejecutivo o del Legislativo construyeron grandes fortunas en esta administración. Los priistas, esos que aseguraban ser los profesionales del gobierno, llegaron con un ánimo goloso de desquitar los 12 años fuera del Ejecutivo federal: muchos arrasaron. A ver si la ley los alcanza.

Al final, queda la derrota electoral, la disminución casi decorativa de un partido que una vez fue importante en este país y que hoy queda sólo para la referencia nostálgica.

El PRI y su regreso resultó –lo clamaron las urnas de forma vociferante– un estrepitoso fracaso. Una oportunidad histórica desaprovechada, con obras y proyectos ambiciosos y productivos que se quedaron en promesa incumplida.

Será la historia quien los reclame y los reduzca al papel que en su justa dimensión les corresponda.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.