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Ocio presidencial

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Ocio presidencial

22/10/2020
Actualización 22/10/2020 - 11:42

Hace una semana, el jueves 15 de octubre, el presidente de la República dedicó tiempo de su evento matutino a mostrar una lista de comunicadores, periodistas y analistas políticos mexicanos, clasificados a partir de la inclinación de sus artículos o columnas en prensa. Las categorías iban de Negativo, Neutro y Positivo en torno a su posicionamiento frente al gobierno, la 4T o al propio presidente del país.

Se trató de un análisis de prensa común, que se realiza hace décadas para identificar plumas favorables o críticas al régimen. No tiene ninguna novedad.

Lo extraordinario es que el propio presidente de la nación le dedique tiempo frente a los medios para recorrer la lista, mencionar a los incluidos y 'exhibir' –según su propio criterio– a quienes lo criticamos.

¿Con qué fin?, ¿amedrentar?, ¿enviar el mensaje de 'los estamos vigilando'?, ¿se trata de la invitación a un acto de autocensura?

AMLO ha recorrido sus casi dos años de gobierno afirmando a diestra y siniestra que su gobierno sostiene un inquebrantable respeto a la libertad de expresión. No se censura a nadie, no se acusa a nadie ni se ejerce presión en contra de ningún crítico.

La realidad es bien distinta. Desde la propia palestra presidencial se señala, se insulta, se apunta, se descalifica y agravia, se ofende, humilla y caricaturiza. Es una burla común del presidente señalar a medios serios como “pasquines”, construir sketches cuasi cómicos en torno a medios o periodistas.

Es una forma distinta de atacar la libertad de prensa. No hace falta solicitar la cabeza de ningún periodista al directivo de un medio, como se hizo por décadas. Basta con acusar, señalar, estigmatizar.

La habilidad manipuladora del presidente lo coloca en el extremo de la opereta. Desde el púlpito presidencial matutino, el máximo altar de la comunicación mediática construido por este gobierno, señala y fustiga, con el doble y falso discurso de “aquí respetamos a todos”. Y el argumento más pobre consiste en “no me van a negar el derecho a réplica”.

Olvida el presidente que no somos iguales. Él es el presidente de la nación, el titular del Ejecutivo, quien tiene todas las cámaras, micrófonos y atención mediática, por la naturaleza de su cargo. Nadie tiene más atención que él mismo, ninguna columna, crítica, análisis político por adverso que él o su oficina valoren, tendrá jamás la resonancia que el mandatario.

Pero lo más grave para quienes desde los medios observamos esta representación de 'cadalso público', es preguntar ¿no tendrá nada más que hacer el presidente? De verdad, ¿no habrá tareas de mayor relevancia y trascendencia para el país, que sacarle la lengua a quienes lo critican? Parece un poco ocioso en el ejercicio de su cargo, que dedique tiempo a tamaña insensatez.

Lo más grave es que a medida que el gobierno avanza, esa lista se va convirtiendo en honorífica. Es decir, se revierte y me parece que se hará cada vez con mayor extensión y profundidad, el propósito de exhibir, acusar y 'ventanear' a quienes ejercen con seriedad y profesionalismo el trabajo periodístico, político, democrático de criticar al gobierno.

Nunca había recibido a nivel personal tantos mensajes de felicitación por haber aparecido en la ociosa lista.

Hay temas serios en el país como la triple crisis: de seguridad, sanitaria y económica, que el presidente persistentemente evade. La pandemia va muy bien, dice López Obrador, pero su subsecretario López-Gatell reconoce la aparición de “signos de rebrotes” y contagios. Se recuperan los empleos, dice el presidente, pero de los 12 millones perdidos –según el Inegi– tenemos de regreso apenas 7.8 millones. Los delitos van a la baja afirma el fallido secretario Durazo justo al momento de despedirse, pero los feminicidios están a todo lo alto, la violencia, la toma de carreteras, de ferrocarriles, el robo en autopistas. Pero todo está bien.

Mejor hablemos de los periodistas distorsionados que se atreven a escribir acerca de lo que todos vemos, excepto el gobierno.

El presidente prefiere hablar de rifas, paseos, giras, la muy respetable familia del Chapo –con todo y disculpas– la justicia sometida a sondeos populares, la corrupción de todo y de todos, hasta de los fideicomisos que impulsaban la investigación científica o la defensa del medio ambiente.

El ocio presidencial consiste en la búsqueda de fuegos distractores todos los días para evitar hablar de lo importante, de lo que afecta a la derruida economía de las empresas y de los mexicanos; de lo que afecta a la confianza dinamitada desde la cancelación del mayor proyecto de infraestructura en Latinoamérica, por un capricho en el ejercicio del poder: aquí mando yo.

Hablar de lo insustancial, por encima de lo relevante. Los mexicanos se mueren por la pandemia, los hospitales son insuficientes, pero el virus está controlado.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.