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Los empleados

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Los empleados

21/11/2019

Ya había signos claros desde la campaña presidencial en 2017 y 2018, acerca del control, del sometimiento y del estilo vertical de Andrés Manuel López Obrador en torno a sus colaboradores y equipos de trabajo. Todos quienes deseaban sumarse a su grupo de seguidores tenían que –sin juramento de por medio– comulgar plenamente con sus ideas y principios. Con su visión de país, con su arrolladora y abrumadora prédica mediática, que va desde la nutrición de los mexicanos, el bien, la moral, hasta una disculpa pues por Hernán Cortés, más lo que se acumule en la semana.

Por ello tal vez no debiera sorprendernos la total obediencia que los señores y señoras legisladores de Morena guardan respecto a su jefe. Son “la bancada del presidente”, en palabras de Mario Delgado. Dejaron ya de ser representantes ciudadanos, populares, para convertirse de forma abyecta y vergonzosa, en empleados del presidente.

Nada por cierto que nuestra historia política no registre en el pasado: el viejo PRI sostenía entre sus bancadas parlamentarias criterios de control absoluto y obediencia ciega a los mandatos del todopoderoso; el PAN tuvo ásperas y conflictivas estrategias para dominar a un clásico partido de oposición, transformado en partido gobernante.

Sin embargo, Morena supera toda narrativa parlamentaria. Ahí hay que acatar, mentir, manipular, torcer la realidad hasta convertirla en medianamente creíble. Siguen argumentando que el campo obtendrá más recursos, cuando desaparecieron todos los programas de apoyo.

El Senado ha resultado hasta ahora, después de una bastante limpia y eficiente labor de consenso y acuerdo para la aprobación de las “leyes y reformas del presidente”, el más dañado por la trágica imposición de Rosario Piedra al frente de la CNDH. Era la candidata del presidente, había que ungirla contra todo principio de legalidad, veracidad, idoneidad: y así lo hicieron. Rosario mintió y lo hizo Morena al no confesar que no era sólo militante, sino consejera y directiva del partido. Forzaron la votación, sustrajeron dos votos para cuadrar los números, y después todavía, con el velado respaldo del PRI, mintieron al no reponer la votación tramposa y amañada. Un cochinero cuyo principal orquestador –como todo lo que ahí sucede– se llama Ricardo Monreal.

Para nadie es un secreto que cuando un partido gana el Poder Ejecutivo y es acompañado por mayoría en ambas cámaras, impulsará –como anunció desde campaña– un ambicioso proyecto de reforma legislativa para poner en vigor su proyecto de país. Los legisladores son el instrumento mediante el cual se modifica la ley para un nuevo rumbo nacional.

El problema aquí es que es tal la genuflexión y el acatamiento, que han renunciado a todo pensamiento propio, dispuestos incluso –como demostraron vergonzosamente algunos senadores hace una semana– a violar la ley; a esconder votos, a torcer el reglamento, a engañar lo que parecía un sano diálogo parlamentario. Son los empleados del presidente y están, faltaba más, para lo que el presidente diga, quiera, ordene o imponga.

¡Y escuchamos quejas del porfiriato!

En Diputados es más difícil, porque Mario Delgado no controla a toda la bancada. Se le salen del corral, como hemos presenciado estos días con la complicada aprobación del presupuesto 2020. Aplastar a las organizaciones campesinas, que ellos mismos, los militantes del entonces PRD y ahora de Morena, fortalecieron y empoderaron porque respondían a la lógica electoral, pasará factura en los años siguientes.

En el sinuoso proceso de dictamen Morena demostró una división clara y evidente. No todos los “empleados” querían obedecer al jefe y votar al unísono. Muchos expresaron en corto, las dudas acerca de los dineros sustraídos a cientos de rubros y programas, hoy prácticamente desaparecidos, para destinarlos sólo a los programas del presidente.

Ordenaron firmar un documento de todos los diputados tanto de Morena como sus aliados, comprometiendo el voto a favor del presupuesto, de ese tamaño es su miedo y desconfianza. La irrenunciable premisa de realizar la sesión en San Lázaro, obedece al uso del tablero electrónico, que transparenta el voto y obliga al control. Quieren ver quién se atreve a desobedecer y votar en sentido contrario.

Los legisladores de Morena carecen de posturas propias, de pensamiento individual, de ideas y proyectos que les hagan merecer la curul que deposita la representatividad popular. Son empleados, extensiones de un ‘señor feudal’ que ordena el rumbo de sus votos, decisiones, pensamientos y posturas. Tantos años y esfuerzos para construir a un Congreso auténtico, de debate, de contraste del México diverso y plural que somos, para reducirlo a las “bancadas del presidente”, lo que quiere decir- “aquí estamos para obedecer”.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.