Los distractores
menu-trigger
ESCRIBE LA BÚSQUEDA Y PRESIONA ENTER

Los distractores

COMPARTIR

···
menu-trigger

Los distractores

07/05/2020
Actualización 07/05/2020 - 11:06

Nos hemos referido ya en este mismo espacio al dominio de la comunicación pública que ejerce el presidente López Obrador. Su conferencia matutina, eje de articulación de una política de comunicación construida en torno a su persona: él afirma, él desmiente, él disiente, rechaza, descalifica, posee otros números –que nunca muestran ni conocemos–, él es el gran artífice del discurso nacional. Desde su púlpito se escribe la historia.

Como un maestro de la tergiversación, utiliza elementos y herramientas de impacto popular para desviar y distraer la atención con distractores de arrastre. Así vuelve, de vez en vez, a su mítica cruzada contra la corrupción. Y afirmo mítica, porque no se sostiene en los hechos, en los casos ni en los expedientes hipotéticos de investigaciones en curso.

Se negó a implementar el Sistema Nacional Anticorrupción, un aparato judicial, con jueces y magistrados, con fiscales e investigadores, para perseguir a los corruptos: desde la ley, desde el aparato de justicia, no desde la vistosa pasarela matutina, donde mucho se queda en el discurso y poco se convierte en acción.

Estalla el caso del hijo de Manuel Bartlett, el flamante y arcaico director de la CFE (Comisión Federal de Electricidad) –mire usted que generar electricidad con carbón es del siglo XX. Su hijo León Manuel ha recibido contratos de dependencias federales en lo que va de la administración (ISSSTE, IMSS, Sedena, Marina) por un monto global aproximado de 501 millones de pesos, varios de esos contratos, por asignación directa, sin concurso ni licitación.

Se le cuestiona al presidente, y se molesta: “… No somos iguales. Nosotros llegamos aquí para desterrar la corrupción”. Es exactamente la misma práctica que enriqueció a políticos de varios partidos en administraciones pasadas. Negocios, orquestados, administrados y repartidos desde el poder. ¿Dónde está la diferencia? ¿En qué, señor presidente, son diferentes si la práctica, la vinculación y el modus operandi son idénticos?

Luchar contra la corrupción no consiste en alegatos y peroratas que carecen de sustento; no se trata de cantar una política y un sistema que por decreto anula la más arraigada práctica del sistema político mexicano. Son necesarias, como lo señalan los países que han tenido éxito en combatirla, instituciones. Sistemas, leyes, investigación y castigos. No el gusto y la antipatía del poderoso por personajes que le son desagradables. Rosario Robles no debiera estar en la cárcel, especialmente porque está ahí mediante la presentación de un documento falso; hay una violación al debido proceso. Y los señores Collado o Lozoya, que seguramente tendrían cuentas que aclarar, enfrentan procesos turbios, poco claros, sin evidencias ni investigación sólida. No es tan sencillo y no basta con el discurso.

Este gobierno se negó a instalar el sistema anticorrupción. El propósito, el combate a la corrupción, es un instrumento exclusivo del Ejecutivo. Desde ahí, y bajo el artero disparo del señor Nieto, su jefe instrumenta, a partir de los tiempos políticos, cartas, casos, nombres y procesos para distraer la atención ciudadana.

¿Por qué tenía que salir el nombre de Peña Nieto en plena guerra contra el coronavirus? ¿Qué relación tiene una investigación –probablemente fundada– en contra del expresidente en estos momentos?

Apenas esta semana, otra vez el nombre de Felipe Calderón y una hipotética vinculación al caso García Luna, precisamente en los momentos de la debacle hospitalaria en el Valle de México. Son meros distractores en medio de un panorama adverso y un gobierno ineficiente.

El presidente es un mago, un ilusionista de la política. Suelta nombres, administra tiempos judiciales, acelera o frena investigaciones, tira anzuelos para que los medios debatan dos o tres días asuntos que no conducen a nada, mientras lo relevante queda en el trasfondo.

Pemex se derrumba como la ruina de una paraestatal robada, exprimida, agotada por décadas y, además, se lleva en su desplome miles de millones de pesos sustraídos a la salud, a la educación, a la justicia, a la lucha contra el crimen. Obsesión ideológica del pasado, que arrastrará a la economía mexicana si no se detiene la sangría a las finanzas públicas.

México entero ignora con precisión la dimensión de la pandemia: hospitales saturados, historias de horror de familias que les negaron información por días, para luego entregarles una cajita de cenizas –su paciente falleció. Médicos frustrados, desesperados y para colmo, amordazados y censurados para no denunciar la incapacidad de las autoridades, la falta de planeación, la inutilidad del famoso centinela.

Todo es un juego de espejos, con personajes que hablan con conocimiento, pero cuyo mensaje no se sustenta en los hechos. Un profundo acto de ilusionismo, de prestidigitación que divide a la sociedad, que polariza, que lastima.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.