Ideológicos vs. pragmáticos
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Ideológicos vs. pragmáticos

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Ideológicos vs. pragmáticos

09/05/2019
Actualización 09/05/2019 - 15:03

Ningún equipo de gobierno es homogéneo. Todo gabinete tiene sus discrepancias y orientaciones. La historia política y presidencial de México registra, desde tiempos de Díaz Ordaz, Echeverría o López Portillo, equipos cargados hacia un estilo y forma de hacer política, frente a otros dentro del mismo gobierno con tendencias económicas o políticas distintas. Es componente natural del ejercicio político.

En el sexenio de Miguel de la Madrid (1982-1988), por ejemplo, ocupó buena parte de los análisis y los debates aquella confrontación entre políticos clásicos, herederos del desarrollo estabilizador, frente a los tecnócratas que ocuparon las escena política los siguientes dos sexenios.

El gobierno de hoy no está exento de estas divergencias. A medida que avanza el sexenio –aún muy joven– aparecen con mayor frecuencia expresiones políticas o de visión de país que parecieran divergentes. Hay un grupo dominado por la ideología, regido primordialmente por preceptos que podrían agruparse en una corriente antineoliberal, donde todo lo que tiene que ver con crecimiento del sector privado o participación empresarial en asuntos públicos, escandaliza, causa erupción cutánea.

Este grupo gobernado por la ideología del presidente, visualiza el crecimiento del Estado, la creación y consolidación de lo que consideran el Estado social benefactor, con grandes programas sociales de atención a población abierta, con grandes empresas estatales y la remembranza nostálgica de un Pemex grande, poderoso, productivo, motor de la economía. En muchos sentidos, una visión del pasado que no corresponde o se ajusta a la economía global dominante en el mundo, a los mercados abiertos, a la libre competencia, a los gobiernos eficientes bajo métricas internacionales (OCDE, FMI, BM, BID, etcétera).

Existe otro sector dentro del gobierno orientado más hacia la praxis gubernamental sustentada en resultados, números, presupuestos, estadísticas confiables, metas y objetivos de desarrollo. No están peleados con los principios ideológicos del grupo anterior, pero se sustentan en hechos reales y mediciones precisas. Los rige la realidad medida y cuantificada en resultados concretos. A diferencia de quienes se someten a la ideología antes que a la estadística, los pragmáticos ajustan los alcances de los programas y las promesas retóricas o los proyectos de infraestructura a la realidad financiera, económica, crediticia, al mensaje de las calificadoras y su influencia, al peso de los mercados, al precio del barril de crudo, a la paridad cambiaria, al descenso de la producción petrolera.

Comparten los pragmáticos las prioridades de atención a los más desprotegidos, la lucha vital contra la corrupción, la transformación del país que ha prometido el vencedor de las elecciones. Pero los gobierna la realidad, las tasas de interés, las curvas de crecimiento, la inflación en aumento, la baja en la confianza del consumidor.

Parecieran dos visiones de gobierno, aunque tal vez sea una sola, con acentos y prioridades en distintos aspectos. Pero de fondo se trata de dos estructuras de pensamiento distinto.

Para unos –los regidos por la ideología– rescatar a Pemex para ser la gran empresa paraestatal locomotora del crecimiento nacional es vital, y miles de millones en recursos públicos recortados a la educación, la salud y el turismo, entre muchos otros rubros, irán a parar a ese destino. ¿Será dinero bueno destinado a una quimera insalvable y por ende tirado a la basura? La historia lo demostrará.

Para los pragmáticos, eventualmente, tendría que haber un Consejo de Administración –como en toda empresa en el mundo– con criterios de eficiencia y rentabilidad, que analizaran la viabilidad del rescate a Pemex con esta enorme inyección de recursos. Bajo la perspectiva de muchos expertos, la empresa exige una reestructura a fondo, donde sean fortalecidos los sectores eficientes y cerrados aquellos improductivos que mantienen a decenas de miles de trabajadores en una empresa cuyo costo unitario de barril se eleva desproporcionadamente. Pero la ideología no permite siquiera este análisis. Es anatema, como lo es analizar desde la perspectiva de la eficiencia y la rentabilidad la propia refinería en Dos Bocas, o el costoso tren maya, o el absurdo aeropuerto de Santa Lucía, con todo y cerro recientemente descubierto.

Aparecen ya en el gabinete estas dos visiones encontradas, tal vez aún no confrontadas del todo, que se someterán tarde o temprano a la ideología dominante del presidente.

Rocío Nahle demandará más recursos para Pemex, la CFE y una refinería desde cero, mientras que Hacienda y el señor Urzúa tendrán que ajustar los números y presupuestos a la realidad.

Estas visiones se verán cada vez más confrontadas en sectores como el energético, el de comunicaciones e infraestructura, el de seguridad con acentuada gravedad, y hasta el de migración, donde chocarán la apertura total de la frontera sur –con registro voluntario– y los partidarios de frenar, administrar y prevenir problemas por la llegada de miles de centroamericanos.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.