El presidente
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El presidente

10/01/2019
Actualización 10/01/2019 - 9:33

La primera impresión después del encuentro sostenido con el presidente Andrés Manuel López Obrador el pasado martes en la entrevista concedida a El Financiero-Bloomberg, es que es la misma persona de siempre. Sencillo, coloquial, amigo de saludar a todos y a todas, carente de toda formalidad, mucho menos con alguna rigidez propia de la investidura. Nada, el mismo candidato campechano de siempre, de toda la vida.

Eso, a la luz de la responsabilidad y del peso de las decisiones, puede tener –como todo en la vida– ventajas y desventajas. Es ciertamente la misma persona –son apenas 40 días en el cargo–, lo que habla de tener los pies bien puestos en el suelo y no dejarse vanagloriar por ujieres y asistentes, todos deseosos de complacer al poderoso. Muy bien.

Desde una óptica más política, esta actitud pudiera reflejar al candidato eterno, al opositor de décadas al que le cuesta trabajo asumir una postura más institucional y federalista. Es el presidente de todos los mexicanos, cuando dos de cada tres mañanas, sigue hablando y refiriéndose a sus adversarios, a los conservadores, a esos “otros” que no lo aprueban o respaldan.

En corto es tan transparente como usted lo ve en televisión. Divaga, va y viene, borda sobre un tema sin abordar el núcleo del asunto. Impone su visión, aunque afirma una apertura absoluta al diálogo, al debate e incluso al disenso. Nos dijo en la entrevista –que retransmitiremos el domingo por la noche– que se da con frecuencia el contraste de puntos de vista al interior de su equipo de gobierno, incluso el debate que él mismo promueve.

Descansa fuerte sobre su carisma personal, su capacidad de “envolver” o convencer a sus interlocutores en su argumentación. Por eso se toma tanto tiempo, cita la historia, da lecciones, compara personajes, todo en aras de fortalecer el sustento de su línea de pensamiento. Sonríe, cierra un ojo, matiza los problemas, descalifica los señalamientos. Reconoce el corazón caliente con el que, con frecuencia, fustiga a quienes considera sus detractores –la prensa fifí, los conservadores, los otros que se niegan al cambio– pero afirma que se controla, que hace un esfuerzo para autolimitarse, por restringir sus afirmaciones para “moderar” su discurso.

Llama la atención esta afirmación porque lo vemos con frecuencia atizar, desde la Presidencia, a quienes le critican o cuestionan. De hecho confesó el “gozo” que le da señalar y acusar a los conservadores.

Se niega a la censura, defiende la libertad absoluta de expresión.

Se autodenomina un demócrata de cuerpo entero, aunque muchos de sus opositores lo llaman dictatorial, impositivo.

Su estilo coloquial y chabacano ofrece la impresión de un tono improvisado, de decisiones y estrategias que no han sido calibradas en detalle, sopesadas a fondo. Esto se fortalece cuando niega los números, cuando evade el dato duro, cuando hace aproximaciones de cuentas vagas, que no cuadran, que no suman.

Se siente confiado, seguro, optimista en lo económico, con la piel suficientemente gruesa y curtida para aguantar la crítica a medidas fuertes, duras, que provoquen controversia. No le tiene miedo a una reacción encendida; tiene una confianza ciega en eso que llama “el pueblo sabio”, intuitivo, conocedor, participativo.

Disfruta la polémica, tiene la tendencia natural del eterno opositor a causar controversia, no oculta la adrenalina y el placer que le invade por estar en medio de la discusión.

Posee la fuerza interna de la convicción cercana a una cruzada: acabar con la corrupción. Está convencido que ese sólo hecho provocará el florecimiento del país en todos los ámbitos.

No es amigo del dato duro, de la precisión, del rigor racional y el análisis de los hechos. Prefiere siempre –de ahí su constante referencia a la sabiduría popular: “el pueblo sabe”– el sentir popular, el conocimiento de la gente, lo que se dice por ahí, lo que se comenta. Para AMLO siempre es más creíble lo que la gente dice y siente, que la estadística, el estudio o la investigación. Cree poseer, entre las yemas de los dedos, el auténtico sentir popular –por lo menos, el que él considera como mayoritario.

Piensa que todo se subordina ante la primaria obligación de restituir al pueblo un patrimonio sustraído, robado, arrebatado.

Esta es, tal vez, su misión central.

Me preocupa el hecho de que gobernar un país tan grande y complejo como México en los tiempos de ruptura de paradigmas a nivel global, va a requerir mucho más que el sentir popular.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.