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Consultitis

22/11/2018
Actualización 22/11/2018 - 9:18

El diccionario de José Luis Coll, un académico y humorista español de la década de los 80, describe la “consultitis” como la inflamación aguda del nervio de la “consulta”; aquel que se altera y se tensa debido a padecimientos relacionados con la inseguridad, el desconocimiento, la ignorancia y la delegación sistemática de responsabilidades propias en decisiones ajenas.

México padece ya esta enfermedad decretada por nuestro próximo mandatario, disfrazada y encubierta por un falso diagnóstico: “El pueblo es sabio, el pueblo conoce la verdad”.

A lo largo de los últimos 10 o 12 meses hemos escuchado al hoy presidente electo de México declarar con prístina claridad: “No tengamos miedo al pueblo, debemos escucharlo y acatar su mandato soberano”. Y si bien en tiempos electorales y de conquista de votos esto puede resultar de enorme rentabilidad, a la hora del inevitable ejercicio de la función pública, del complejo acto de gobernar, la soberanía se deposita literalmente –ese es el mandato del voto– en el triunfador de los comicios. El pueblo no renuncia a ella, no abandona la soberanía, simplemente la delega en las que supone –la mayoría triunfante del proceso– manos responsables y profesionales.

Mucho se ha escrito y debatido ya estas últimas semanas acerca de la democracia representativa y la democracia participativa. Diferencias conceptuales y teóricas para establecer distinciones entre la organización social y política de una sociedad. El punto es que, si el pueblo va a tener que “decidir” y votar por todas y cada una de las decisiones, ¿para qué votamos por un gobierno?

Este próximo fin de semana se realizará una nueva consulta ciudadana, que no es encuesta ni metodológica medición de opinión, acerca de 10 puntos que el presidente electo considera de relevancia nacional. Algunos de ellos van desde el Tren Maya, la refinería en Dos Bocas, los programas sociales, el Tren Transístmico, hasta los árboles frutales y el internet. Parece, con todo respeto como insiste en mencionar el presidente electo, una colección de ocurrencias.

Ninguno de los proyectos de infraestructura –ninguno menor, por cierto– cuenta con un proyecto, un plan de desarrollo, financiamiento, costo, beneficios, inversión, etc. No lo tiene el Tren Maya ni tampoco la grave y costosísima inversión de una nueva refinería. No existe tampoco en el ya sancionado y elegido aeropuerto de Santa Lucía. Alguien tendría que explicarle al nuevo gobierno que este tipo de obras y proyectos requieren de múltiples estudios, investigaciones, levantamientos, fallos periciales, dictámenes internacionales, estudios de viabilidad comercial, etc. Nosotros tenemos… NADA. La simple y ciertamente poderosa voluntad del caudillo. Con eso basta.

Todos los ejercicios técnicos especializados, que tarde o temprano explicarán que Santa Lucía es inviable, que el Tren Maya causará un daño ambiental significativo, que la refinería en Dos Bocas tal vez llega dos décadas tarde y cuando el mercado y la industria se mueven en otra dirección, serán seguramente despreciados, descalificados, bajo el argumento de que “el Pueblo ha hablado”.

Con todo respeto al próximo mandatario de todos los mexicanos, el pueblo no es sabio. Y no sólo el nuestro, sino ninguno. Porque los pueblos, esa masa informe de ciudadanos con identidades y vínculos tan dispersos como variados, carecen de elementos y preparación para tomar decisiones de alta especialidad técnica. Más aún, el pueblo se puede dejar llevar por una abierta manipulación de sus líderes y representantes para 'orientar' su respuesta y posición en uno u otro sentido.

Ya las comunidades colindantes con la Base Aérea de Santa Lucía se manifiestan en contra de un aeropuerto civil e internacional en esa base. ¿Ese pueblo no es sabio? ¿Es tonto y se equivoca? Tiene los mismos derechos a expresar su postura respecto al tema como los de Atenco, ¿o no es así?

Varias comunidades de la península de Yucatán, por donde está previsto el paso del Tren Maya, expresan ya su insatisfacción y rechazo al proyecto. ¿Esos pueblos, igualmente sabios y milenarios, no serán escuchados?

La consultitis es peligrosa, es un arma de doble filo, disfraza la decisión política con un ejercicio democrático falaz, porque sin la aplicación de una metodología, sin muestra, sin rigor estadístico, no es una consulta real. Es un instrumento para validar decisiones políticas. Es una charada para distraer la atención y construir una idea de falsa participación.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.