La Aldea

El derrumbe del sexenio

La descomposición de las condiciones de seguridad pública inició con el arranque del sexenio. Cinco años después, van más de 175 mil muertes y contando.

Es un desastre. El baño de sangre que inunda al país es inocultable, aunque el presidente lo niegue y afirme que “vamos bien”.

Matan a un promedio de 250 mexicanos cada fin de semana (datos de los últimos dos).

Los estados de Guanajuato, Zacatecas, Nuevo León, Tamaulipas, Baja California, Guerrero y Michoacán encabezan la lista.

Cero respuesta por parte del gobierno federal. Los gobiernos estatales, pasmados ante la inacción, la incapacidad técnica, operativa, logística, y de facto, abandonados a su suerte.

¿Y la Guardia Nacional, tan famosa y celebrada? ¿Para qué sirve? Todos afirman que para perseguir migrantes.

La descomposición de las condiciones de seguridad pública inició con el arranque del sexenio. Cuando aquella hoy infausta afirmación convertida en política pública de “abrazos, no balazos”. Cinco años después están a la vista los resultados del estrepitoso fracaso: más de 175 mil muertes en cinco años, y falta uno más.

La curva estadística señala que se superarán con creces los 200 mil muertos en este sexenio. El más sangriento de la historia.

Y el presidente contando chistes, entonando canciones y haciendo como que no oye.

El cinismo frívolo convertido en estrategia de comunicación masiva.

Un entretenedor —de gracia nula— en el púlpito nacional.

A eso ha llegado la degradante y destructiva 4T. Un circo de carpa manchado con la sangre de miles de mexicanos, mientras que el titular del Ejecutivo realiza actos de malabarismo verbal, histriónico…

¿En qué momento se derrumbó este sexenio?

Tal vez los dos instantes clave se ubiquen en la absurda cancelación del aeropuerto de Texcoco y la desgracia en materia de inversión interna que siguió a esa caprichosa y nefasta decisión; y la otra, la de no perseguir al crimen organizado, ordenar el retiro humillante de las Fuerzas Armadas y la desaparecida Policía Federal, que en los hechos permitió la expansión ingobernable de los territorios controlados por el crimen y el narco.

El sexenio apunta al año más difícil de su gestión, no solo por los vaivenes políticos de la sucesión, o de los tumbos económicos que una eventual recesión, no descartada aún en Estados Unidos, pueda traer a nuestra dependiente economía. Debiéramos agregar los paneles de controversia que en materia comercial enfrentaremos —casi indefensos de equipos técnicos y argumentos— con el maíz transgénico, la energía y probablemente el acero.

El de AMLO será un legado de sangre y desmantelamiento institucional, de una democracia que ni siquiera había entrado en fase de consolidación.

Quien gobierne este país, de su partido o de otro, enfrentará con gravedad serios problemas de atención médica —destruido el sistema de salud pública—, de educación con la degradación institucional de la SEP, la pobreza infame del libro de texto, pero además, la desaparición de los expertos y conocedores.

Tendrá que venir, se decía antes en lenguaje político, un golpe de timón. Un viraje trascendente para reconstruir el país y recuperar la senda liberal y democrática.

Pero el daño es enorme. ¿Cómo enfrentar el problema de inseguridad pública, crímenes abundantes, sangre derramada? Es como volver a empezar.

Hace 25 años se sostenía en México este debate, se hablaba de estrategias a largo plazo, de capacitación y entrenamiento policíaco, de mejoras salariales y laborales, de disciplina de cuerpo y muchas otras premisas de planeación. Hoy estamos peor que nunca.

Hay una degradación institucional producto sin duda de sexenios previos, pero agudizada sin precedente en este. ¿Por dónde empezar?

Fortalecimiento del Estado de derecho; separación y respeto absoluto de poderes; fortalecimiento institucional autónomo con total apoyo del gobierno (INE, INAI, CNDH, Cofece, CNH, CRE, etcétera). Instalación automática de la Fiscalía Nacional Anticorrupción; recuperación de los organismos cooptados por los talibanes: Conacyt, CIDE, Comisión Nacional Bancaria, etcétera.

Desmilitarización inmediata de la vida civil. Nada de aeropuertos ni aerolíneas. Los soldados cumplen una función esencial en el país, no son empresarios ni concesionarios distorsionados por la locura de un orate. Que regresen a sus funciones constitucionales.

La tarea es titánica. Quien gobierne este país deberá regresar al curso del crecimiento y el desarrollo, de la consolidación de la democracia, del combate a la corrupción como sistema (no como ocurrencia incumplida).

Si en efecto será el Frente Amplio quien postule, compita y pueda resultar vencedor en los comicios del 2024, es necesario recuperar el Congreso como un poder auténtico de la nación y de los ciudadanos, no como una caja de resonancia del habitante de Palacio.

La formación de un gobierno de coalición, meta encomiable y de gran altura política, requiere de madurez y de profesionales. No de cuotas partidistas ni de tajadas del pastel para mantener regímenes del pasado.

Ha llegado el momento de cambiar de fondo este país. Y eso significa unir a los mexicanos para impulsar una mejor nación, una mejor sociedad, más tolerante, más respetuosa, más liberal y democrática.

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