Vergüenza Diplomática
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Vergüenza Diplomática

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Vergüenza Diplomática

14/05/2019

El gobierno de México ha otorgado su beneplácito diplomático para recibir al próximo embajador del gobierno de Nicolás Maduro. Después de meses de ausencia en la representación diplomática, justamente los mismos en que medio planeta otorgó su reconocimiento formal al gobierno de Juan Guaidó y de los mismos en que se trabajó en un infructuoso Grupo de Mediación que hoy integra sólo a Uruguay y a México, nuestro país rompe la decretada “neutralidad” en el conflicto interno por la democracia y la libertad de Venezuela. Por el contrario, se inclina -¡Oh vergüenza!- por reconocer al tirano.

La vieja solidaridad de los países con gobiernos de izquierda, que definió buena parte de las décadas de los 80 y 90 en América Latina, está hoy, a nivel internacional, más que superado.

El tema aquí no es la inclinación ideológica del régimen, sino el atropello escandaloso de derechos humanos, civiles, democráticos y políticos. El presidente López Obrador y su gobierno, no se atreven a asumir con frontal transparencia, que Maduro es un tirano, que ha quebrantado la ley en muy diversas formas. López Obrador se equivoca cuando arguye un artículo constitucional que mandata respeto internacional. El presidente Lázaro Cárdenas rompió con la dictadura de Franco y su gobierno de cuatro décadas; Luis Echeverría con el golpe de Pinochet en Chile y su gobierno militar; López Portillo con la dictadura de Somoza en Nicaragua. ¿Dónde está el mandato constitucional que le impide al gobierno de México ser consistente en una política que defiende los derechos humanos, la libertad de expresión, las elecciones libres, etc?

En México hay varios extraviados como Fernández Noroña, Yeidckol, la propia Dolores Padierna que han elogiado al gobierno de Venezuela. Los datos de pauperización de la vida en ese país sudamericano no son invento de nadie. La carestía en bienes y servicios, la debacle energética –en el país poseedor de las terceras reservas probadas en petróleo a nivel mundial- con apagones y subsistencia precaria, con supermercados vacíos, con racionamiento de cupones para alimentos y canasta básica, con inflación de casi 5,000 %, con devaluación incuantificable. Venezuela fue un país que experimentó un incipiente sistema democrático, con competencia real de partidos. Ciertamente gobernado por décadas por una oligarquía dominante, pero donde ganó otra expresión política expresada en el coronel exgolpìsta Hugo Chávez. Su victoria fue resultado de una auténtica elección democrática, donde su discurso, carisma, crítica al régimen y promesas de igualdad, lo llevaron al Palacio de Miraflores. Estuve ahí y lo entreviste a los 100 días de su gobierno en 1998. Todo es real, representaba la esperanza para millones de venezolanos marginados por un país con enorme desigualdad social y económica.

A 20 años de distancia y la muerte desafortunada de Chávez, el resultado es lamentable, porque la igualdad se logró empobreciendo al país entero. Las clases populares no elevaron de forma significativa su nivel de vida, recibieron prestaciones y dinero –que hoy han desaparecido- controlaron órganos y aparatos del gobierno, desplazando a la antigua clase gobernante, pero el costo para las clases medias y tal vez la alta, fue un desastre.

Hoy no hay clases medias en Venezuela. Para mantener políticamente este régimen de control, censura y persecución política –revise usted el número de presos por militar en la oposición- Maduro impuso un modelo autocrático de represión y carestía.

Los militares han jugado un papel de criminal corresponsabilidad. La historia, como a los argentinos en su momento y al propio Pinochet, los juzgará y condenará.

Lo que resulta intolerable, es que un país como el nuestro, se defienda, se avale y se reconozcan estos abusos con el otorgamiento de beneplácito diplomático a un embajador quien, por cierto, tiene casos abiertos por corrupción en su país. ¡Qué vergüenza!

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.