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QAnon

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QAnon

20/10/2020
Actualización 20/10/2020 - 10:05

Busque usted un tema delicado, sensible socialmente, sobre el que nadie pueda argumentar nada a favor, uno de esos muy pocos que provocan rechazo generalizado: pedofilia, abuso infantil, violación de menores, etcétera. A partir de esa premisa, construya una campaña que apunte y dañe a un sector o partido político: los demócratas. Lance dicha campaña y déjela correr. La ignorancia, el conservadurismo extremo, la práctica religiosa a niveles de fanatismo hará lo demás.

Eso es precisamente lo que está sucediendo en algunos estados de la Unión Americana. Grupos de extrema derecha, de supremacía blanca, agrupados bajo este paraguas llamado QAnon (cualquier anónimo), pareciera indicar, hacen campaña electoral en abierto y fanático apoyo a Donald Trump.

Todo es perfectamente legal, proselitismo político a favor de un candidato. El problema de fondo de esta campaña es que la mentira y la manipulación de la realidad han llegado a niveles de propaganda política que nos remiten a Joseph Goebbels y el Nacional Socialismo de Alemania en la década de los 30.

Señalan al liderazgo demócrata como pederasta, como abusadores de niños, sobre lo que, por cierto, no existe sustento alguno.

Al más puro estilo de su jefe, el presidente y candidato Trump, acusan de control y manipulación a los gobernadores que se han atrevido a decretar el uso del cubrebocas como obligatorio. Lo consideran una violación a la libertad y una muestra de sumisión.

QAnon no tiene líder –visible–, no tiene un comité de organización central, no ostenta ningún rostro o líder reconocido públicamente; se disfraza en el engaño de la colectividad, en el 'fuente ovejuna' para seudodefender derechos civiles y sociales atropellados por los gobiernos; curiosamente, los señalados como culpables son demócratas. Es lo más cercano a un culto en línea que pretende rescatar al país de la perdición.

Hay detrás de QAnon un genio de la manipulación. Uno de estos hábiles controladores de redes, estudiosos metódicos de sondeos de percepción pública que les brinda 'la data' para sustentar posiciones extremas. Permítame recordar que en la campaña de 2016 en que Trump derrotó a Hillary, se difundieron millones de mensajes en Twitter, Facebook y otras redes, donde se afirmaba con total desencanto que “Hillary Clinton iba a ordenar la esterilización masiva de mujeres”. Esos mensajes, resultado de la investigación posterior del fiscal especial Robert Mueller, se comprobó, provenían de bots y trolls activados desde servidores de cómputo en Europa del este. La conclusión fue apuntar a la inteligencia rusa como la responsable de la campaña de 'hackeo', intervención y manipulación de las elecciones americanas.

El aparato en este 2020 se ha sofisticado. Para qué derramar millones de mensajes falsos sobre las redes estadounidenses –maquinaria que sigue activa en estas elecciones– si existen, de carne y hueso, ciudadanos dispuestos a dar la cara y declarar en mítines y marchas que son víctimas de una conspiración racista para despojar a los blancos de sus viviendas en los suburbios. Que existe, de hecho, una conspiración para someter a la población al uso de cubrebocas –con un beneficio aún desconocido– para controlar al país. ¿Suena absurdo, aberrante, no cree usted? Bueno, pues sucede en pleno siglo XXI.

QAnon y sus brillantes y manipuladores autores, encontraron los resortes emocionales y psicológicos que mueven el sentir de esas poblaciones anglosajonas, evangélicas, de bajos niveles educativos, esencialmente agrícolas: la amenaza racial que pretende desplazar a los blancos auténticamente americanos; el Covid-19 como una invención para arrebatarles derechos, libertades e independencia.

Tan sólo el pasado fin de semana, 16 ciudades estadounidenses en entidades como California, Arizona, Michigan, Florida sostuvieron marchas y protestas de QAnon. Es un movimiento real, probablemente marginal –no se ha medido con precisión–, pero que realiza eventos y actividades de forma continua para movilizar el voto, 'crear conciencia', asustar a los ignorantes.

Son la expresión moderna de aquel personaje recurrente en películas de comedia americana, donde un loco en la esquina del pueblo o la ciudad, anuncia la llegada de los marcianos o el inminente fin del mundo.

Pero estos, los QAnon son reales, están enojados, portan armas, y están dispuestos a 'pelear' por sus libertades.

La primera detención sucedió con el loco aquel que llegó armado a una pizzería en Washington DC, donde según los sitios de internet, había un sótano donde se violaba y se abusaba de niños y menores. Cuando comprobó que era falso y no había sótano alguno, depuso su arma y se entregó a la policía. Le dieron cuatro años de prisión.

Estados Unidos vive la guerra de la desinformación, de las verdades a medias, de líderes que mienten con absoluto cinismo sobre hechos y sucesos no comprobados.

¿Los políticos dicen mentiras? ¡Qué novedad! Afirmaría quien sea. El punto ahora es que el aparato se ha sofisticado a tal dimensión, que la caja de resonancia, la señalización de blancos –segmentos vulnerables– la persuasión de individuos que aparecen y dan la cara febrilmente, lo ha hecho mucho más complicado.

La colección de ingenuos es infinita y a ellos los está buscando QAnon.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.