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30/01/2018
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Donald Trump llega a una reunión en el Foro Económico Mundial en Davos. (Reuters)
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En cumplimiento al mandato constitucional estadounidense, el presidente de Estados Unidos comparecerá esta noche ante el Congreso –sesión conjunta de representantes y senadores– para ofrecer un Informe del Estado que Guarda la Nación. Es, tradicionalmente, un escaparate político único, que cada presidente aprovecha para plantear a los legisladores agenda e iniciativas a ser presentadas, estrategia de política internacional, y al mismo tiempo subraya y enfatiza los pilares ideológicos que sostienen al país, a la sociedad y al gobierno.

La división partidista de los últimos años, de forma muy señalada en la segunda administración del presidente Barack Obama (2012-2016) provocó notables, y en ocasiones ofensivas, reacciones de los legisladores como rechazar un aplauso generalizado al presidente o murmurar durante su discurso. Los republicanos no guardaban el suficiente respeto para el presidente Obama, rechazaban sus políticas y criticaban fuertemente su postura de no intervención internacional y cero operaciones armadas –salvo, notables excepciones, como la detención y muerte de Osama bin Laden.

Hoy debuta Donald Trump frente al Congreso, nunca lo ha hecho. Llega con la tasa de impopularidad más alta registrada para un presidente en su primer año de gobierno. Se presentará esta noche frente a dos cámaras fuertemente divididas, confrontadas en temas delicados y sensibles como el DACA (Dreamers Act que protege a los inmigrantes que llegaron de muy jóvenes y estudiaron en Estados Unidos); como el Presupuesto de la Unión que ha causado la postergación –ya en tres ocasiones– para alcanzar un Presupuesto aprobado por los dos partidos y el abrupto cierre de hace dos semanas. La exigencia de Trump por obtener –eran 20 mil y ahora exige 25 mil millones de dólares– el presupuesto para un muro fronterizo que divide fuertemente a los congresistas. Con todo, había conseguido una dotación inicial de mil 800 millones que a Trump le parecieron risibles.

El único logro legislativo en un año de gobierno ha sido la aprobación de la ambiciosa reforma fiscal, que después de acalorados debates, movilizaciones, expresiones de toda la sociedad, consiguió apenas los votos necesarios para pasar en el Senado, bajo la premisa de que beneficiará a la economía y, por ende, al país entero. Subsisten demócratas en el Congreso, quienes afirman que los grandes perdedores serán las clases más desfavorecidas.

Pero más allá de las piezas legislativas atoradas o la única que fue aprobada, Trump se ha distinguido por golpear a sus adversarios políticos. En un año ha agraviado, insultado, mentido y acusado a los demócratas de todos los males existentes y por existir en la Unión Americana. Ha tenido acercamientos con Nancy Pelosi en busca de acuerdos, para después retractarse y hablar con desdén de los demócratas.

Durante el reciente cierre presupuestal del gobierno, el conmutador de la Casa Blanca respondía textual que “no podían atender las llamadas del público debido a la insensible irresponsabilidad de los demócratas quienes habían provocado el cierre del gobierno”. Trump ha golpeado, una y otra vez, con su feroz estilo de acosador en ring de gimnasio del Bronx. Ha carecido por completo de la estatura política para construir acuerdos, buscar puntos de encuentro, ceder en aras de obtener a cambio compromisos de la oposición. Trump desprecia a sus oponentes, los humilla, los ignora y con frecuencia los insulta. Es su estilo –de lo que por cierto, se siente profundamente orgulloso–, su sello: acosar, amenazar, hacer round de sombra para debilitar y amedrentar a su opositor.

Lo ha hecho repetidamente en el caso de México y el TLC. Un día declara que la negociación avanza y al día siguiente dice que seguramente no llegará a ningún puerto por la cerrazón de México y de Canadá. Cada afirmación, cada declaración desbocada y lenguaraz, afecta el clima de negociación, el ánimo de las mesas, pero sobretodo y de forma más trascendente, la paridad cambiaria entre el peso y el dólar.

Esta noche se va a presentar como un campeón de la causa americana; defenderá todas las medidas y decisiones que en un año han contribuido a “hacer grande a Estados Unidos una vez más”; va a repetir una y otras vez lo grande, majestuoso y luminoso que es su gobierno para el país; va a ser, en suma, un propagandista primario.

Extrañaremos la estatura política, humana, estadista de su antecesor. Veremos la fría, escéptica y frustrante mirada de los demócratas, y adivino que, de algún avergonzado republicano. Escucharemos un rosario de afirmaciones imprecisas, falsas o verdades a medias que caracterizan al presidente de Estados Unidos. Será un escenario ideal para relanzar una presidencia errática, caótica, con pobres alcances legislativos pero con un inusual resurgimiento de la bolsa y los mercados financieros.

Estemos preparados para algún señalamiento duro acerca de México, el TLC, la migración y el muro, o todo eso ligado, que tendrá un efecto negativo. Lanzará de seguro una enérgica diatriba contra los medios y su repetida cantinela de las fake news. Lo veremos en todo su esplendor, es su día, su escenario, su palestra.

Twitter: @LKourchenko

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.